Tacto y olfato

Hace unos días, mi gran amigo y periodista, Salvador García Llanos, advertía del gran desarraigo que, por culpa de las redes sociales, se había establecido entre la prensa escrita sobre papel y el habitual consumidor que todavía hoy prefiere leerla tranquilamente en el sofá de casa, extendida sobre la superficie de mármol de la mesa del bar o mientras espera el turno en la “barbería” del barrio. Pero el tacto con todo lo escrito del que el también periodista Juan Cruz hablaba no hace mucho, de igual manera, se ha perdido prácticamente del todo y casi para siempre.

Para todos aquellos que aún nos aferramos al consumo de prensa en papel, sólo nos queda la posibilidad de asistir bien temprano al kiosco de turno del barrio si lo que queremos es hacernos con un ejemplar de nuestro periódico preferido. Con la diferencia de que ahora no es que tal preferencia por la tinta impresa haya multiplicado más su lectura y como consecuencia su venta, sino porque las tiradas y las ediciones cada vez son mucho más escasas.

La gente apenas recibe ya cartas escritas a mano sobre el magnífico papel de hilo que todavía recuerdo ni, como decía en su artículo Juan Cruz, tampoco esa misma gente parece disfrutar hoy del soberbio placer del tacto que significa el hojear el libro nuevo elegido de las estanterías de la librería.

Sin embargo y pese a todo ello, también yo, echo de menos el magnífico olor que despide la tinta impresa sobre el papel o aquel inconfundible aroma con el que unos u otras perfumaban sus cartas de amor que nos embriagaban al ser abiertas en lugares tan dispares o recónditos como las trincheras en los campos de batalla, en los hospitales, en los graneros de las haciendas más lejanas o en la intimidad de tu propia silenciosa habitación. Y para quienes no encontraban a mano un perfume, cabía la siempre cercana posibilidad del aroma del pétalo de una flor entre las páginas escritas de cualquier misiva amorosa y doméstica o entre las de un libro regalado por Navidad o San Jordi.

Me invade hoy el desconsuelo de creer que, en general, ya no se lee con la misma eficacia y dedicación que lo hacíamos antes del advenimiento de la tecnología de los aparatos móviles. Y prueba de ello es el ejemplo que me gustaría hacer llegar a los más jóvenes respecto del consumo de ediciones en papel:

En vísperas del cumpleaños de su novio, una joven solicita de su mejor amiga un consejo para un regalo.

-Mujer, podrías regalarle un libro –aconsejó la amiga-

-¡Pero si ya tiene uno! –contestaría la novia más que sorprendida-

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