Murciélagos

¿Por qué culpar a los ciegos murciélagos y no a los ciegos especuladores?

Hoy me he despertado con la fría luz del amanecer entrando por mi ventana, en medio del silencio de mi habitación desnuda de elementos que me recuerden al fatídico Coronavirus. He soñado con el vuelo zigzagueante de los murciélagos en pos de insectos invisibles a nuestros ojos, pero no a su magnífica visión “biosonar” con la que se guían en la obscuridad.

Quiero y debo empezar a creer en que a ellos pueda deberse la propagación del Covid-19, pero quizás no como consecuencia de su propia voluntad porque no creo que ningún animal la tenga para hacer daño a propósito y mucho menos a los humanos, aunque no lo merezcamos; de tal modo que les eximo de esa abominable culpa.

La naturaleza es muy sabia y durante los últimos tiempos nos ha dado claras muestras de su intolerancia a la codicia del ser humano merced a la explotación inapropiada de sus valiosos recursos. Hemos recibido por ello toda clase de advertencias: sunamis, terremotos, lluvias torrenciales, huracanes, etc., etc., y no hemos sabido interpretar sus múltiples quejas en la medida que hemos sido advertidos por asociaciones internacionales de caracteres tan diversos como, por ejemplo,  Greenpeace.

De tal manera que los incendios, la deforestación indiscriminada de las zonas boscosas y selváticas, la contaminación de mares y ríos por la mano y voluntad del hombre, haya hecho que la fauna también tome medidas involuntarias al respecto para tratar de sobrevivir en condiciones consideradas mínimas.

Si el Covid-19 resulta ser el precio que tenemos que pagar por la alteración voluntaria por parte del hombre de los recursos naturales de la tierra, no habríamos de culpar a los murciélagos, ni a las abejas, ni a los otros muchos seres vivos a los que hemos venido robándoles su hábitat natural en beneficio propio. De modo que el Covid-19 no es otra cosa que un aviso a los numerosos gobiernos del mundo a los que advierte que no basta sólo con encontrar una vacuna certera para combatirlo, porque, a buen seguro, nos asolarán otros si no desistimos en nuestro codicioso empeño.

Lo peor de todo, por lo que respecta a nuestro país, es que el virus se ha cebado mayormente con la historia todavía viva de un pueblo, llevándose consigo a parte de una generación que ya había sufrido lo suyo durante la guerra y posguerra civil española mientras aún siguen en las cunetas aquellos otros que cayeron por fuego hermano y a los que aún no se les ha hecho la justicia que reclama para ellos la Ley de Memoria Histórica a la que tienen perfecto derecho.

¿Por qué culpar a los ciegos murciélagos y no a los ciegos especuladores que nos han llevado hasta esta mortal situación?

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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