Mentirosos

¿Quién será el responsable en decidir qué es verdad o mentira?

Ese Ministerio de la Verdad del que tanto se está hablando estos últimos días y que a través del cual se pretende acabar en las redes sociales con las temibles Fake News, puede terminar siendo el peor remedio para tan grave enfermedad.

Cualquiera está en su perfecto de derecho a mentir por muy distintas razones que los demás desconocemos, siempre y cuando, claro está, dichos embustes no menoscaben la integridad moral de los otros. Incluso, algunos psiquiatras, defienden a los llamados mentirosos compulsivos como enfermos mentales que son en razón de su maltrecha personalidad.

Yo mismo he mentido alguna que otra vez, pero nunca para sacar provecho de la mentira en sí misma sino por razones atribuibles a un buen samaritano para, al hacerlo, evitar que otro sufra o, simplemente, deje de sufrir. Es lo que se denomina mentira piadosa y todo el mundo sabe perfectamente a lo que me refiero.

Sin embargo, en otros muy distintos escenarios, en especial en el político, las mentiras tienen un carácter muy distinto y que en la mayoría de los casos resultan indemostrables, lo que pone en grave riesgo la honorabilidad o la moral del rival o los rivales en cuestión. Y con ellas si es necesario acabar de una vez por todas.

Conozco el caso de un individuo que era tan mentiroso, que cuando decía una verdad, se ponía colorado.

Existen graciosos mentirosos a los que he conocido personalmente y que se jactan precisamente de eso: de serlo. Y sobre todos ellos ha pesado siempre un reconocimiento general por parte de amigos y familiares, porque lo único que han pretendido con ello es distinguirse del resto por alguna proeza que, a primera vista, parece del todo imposible haberse podido llevar a cabo.

Un buen amigo mío ya fallecido y aficionado a la pesca, contaba que en un par de horas podía llegar a pescar hasta doscientos kilos de camarones con anzuelo en el sur de la isla de Tenerife.

Otro conocido anciano del Puerto contaba que durante su estancia como soldado en  Cuba, donde había luchado contra los americanos en la guerra de la independencia de la isla y en cuya selva, durante su huída, había perdido el entonces reloj de oro de bolsillo, había logrado encontrarlo muchísimos años más tarde, durante un viaje de placer a la isla, colgado de la rama de un árbol y gracias al ruido que provocaba su tic-tac en el silencio del lugar. Y lo mejor de esa historia era que terminaba mostrándote un magnífico reloj de oro de bolsillo de la marca Cuervo y Sobrino, fabricado en Cuba por aquellos años.

¿Cómo es que lo has encontrado colgado de una rama de un árbol? –le pregunté.

Es por lo que tardó el árbol en crecer desde que se me cayera al suelo.

¿Podrá el Ministerio de la Verdad acabar con esta magnífica tradición de mentirosos sin ánimo de lucro?

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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