La compadrita

Hemos escuchado muy recientemente la intervención de la señora marquesa Álvarez de Toledo en el parlamento y no hemos podido llegar a saber con exactitud si el partido al que pertenece y del que es portavoz, tiene o no la intención de apoyar al PSOE en relación al compromiso de recuperación económica que se pretende llevar a cabo en nuestro país.

Lo único que ha puesto de manifiesto Álvarez de Toledo en su alejada intervención del tema que tendría que haber ocupado la sesión, ha sido la profunda animadversión que siente por la figura del vicepresidente segundo del gobierno, Pablo Iglesias, sobre el que basó todo el argumento de su cuidado aunque fuera de lugar discurso.

Puesto que no nos hemos podido enterar de sus verdaderas intenciones al respecto, es lógico pensar que zarandeando al vicepresidente segundo del gobierno en la forma que lo hizo, lo que seguramente pretendía con ello la marquesa, era desviar nuestra curiosa atención hacia esas esquinas fatídicas de los arrabales porteños, donde antaño se daban habitual cita los compadritos en Buenos Aires, para bailar el tango, con corte incluido, con cualquiera de las pocas minas que en la calle ya se atrevían a hacerlo, sin tener mucho en cuenta la opinión que de ellas le merecieran a la distinguida sociedad de la capital bonaerense de principios de siglo.

Tal como hiciera en su día la familia de la hoy marquesa de Casa Fuerte, también los niños y niñas bien de Buenos Aires solían pasar largas temporadas en el París de entonces, a donde habían exportado aquella nueva forma atrevida y escandalosa de bailar que, sin embargo, fue acogida de tan buena manera por la sociedad parisina hasta ponerla de moda en toda Europa. El tango, admitido ya en la cuna de la cultura europea, regresaría de vuelta a su país natal para disfrute de las clases pudientes que con la bendición de los franceses, sí dejaron entonces acceder a sus elegantes salones.

Sin embargo, nada tendría que ver con aquella otra tendencia con la que se bailaba en el arrabal. Tango arrastrado con corte, donde la mujer sólo exigía que la transportaran en una coreografía sensual y desmayada que ya le hubiera gustado experimentar a cualquier marquesa de las de entonces, hasta aceptar un nuevo compromiso artístico con lo popular y lo auténtico de un Buenos Aires del que, hasta aquel momento, apenas si conocían más allá del centro.

La marquesa Álvarez de Toledo no baila el tango con compadritos de tacón alto y navaja o revólver al cinto. Aún hoy continúa haciéndolo en sus lujosos salones con niños bien, totalmente desvinculada de una realidad palpable que sólo se daba en las esquinas y cuya esencia no se concibe sin esa contribución popular que lo arrastró por el arrabal hasta el interior de las casitas bajas del extrarradio.

Sin embargo, Cayetana, con ese verbo tan afilado como la faca del compadrito, podría haber sido, a pesar de todo, víctima propicia de su propia defensa verbal frente a la contundencia empleada en torno a aquellas esquinas arrabaleras donde el insulto estaba penado de manera contundente bajo un código de honor, independientemente de que la insultante pudiera tratarse de la mismísima Marquesa de Casa Fuerte.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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