Que incongruencia tan diabólica. Mientras en el aeropuerto de Kabul miles de afganos se hacinan para tratar de huir a Occidente y evitar así una muerte casi segura a manos de los talibanes, en España, donde precisamente van a ser recibidos muchos de ellos, nos encontramos con la temible paradoja entre la población joven de poder morir voluntariamente contagiados por el Covid-19 por no respectar las medidas de precaución recomendadas tantas veces por las autoridades sanitarias y que, sin embargo, como país democrático que nos consideramos, algunos jueces han decidido firmemente no aprobar el confinamiento preventivo al considerar que sobran medidas razonables de seguridad como para respetar nuestras libertades individuales. Otra cosa bien distinta es la irresponsabilidad colectiva; irresponsabilidad que se manifiesta en un riesgo palpable de contagio y propagación indiscriminada de la epidemia, al amparo de botellones, concentraciones en locales cerrados de ocio nocturno, aglomeraciones en las calles sin guardar distancias de seguridad ni hacer uso de la mascarilla, obligatoria en la mayoría de los casos.
Sea como fuere, cuesta creer que lo que está sucediendo en las fiestas patronales de muchos pueblos de España es tan solo una travesura, pero se trata de una travesura maltrecha y por la que se sufre las consecuencias de unas libertades individuales mal entendidas por algunos, sobre todo por los jóvenes. Grupos que, al amparo de la noche y del alcohol, se jactan de romper las lunas de los centros comerciales así como todo tipo de tiendas para luego saquearlas a discreción y obtener, -no artículos de primera necesidad que pudiera parecer hasta admisible-, sino para apropiarse de productos de carácter distinguido para lucirlos luego sin el menor rubor y con la gratuidad que ha significado su violenta adquisición.
De manera que mientras unos, -los afganos por ejemplo-, sueñan con democracias que respeten los derechos humanos y las libertades individuales, aquí en España que tanto costó alcanzarlas, no somos capaces todavía de hacer un uso razonable de las mismas, pero sí que, de paso, nos jactamos de ser, hoy por hoy, uno de los países más generosos y hospitalarios con los más necesitados; cosa que, por otro lado, también es cierto y que no deja de ser por ello otra de las grandes incongruencias de nuestra idiosincrasia española.
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Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
