Culquier tiempo pasado fue mejor

Cualquier tiempo pasado fue mejor. Con este conocido tópico literario del último verso del poema de Jorge Manrique en sus “Coplas a la muerte de mi padre” del siglo XV, quiero comenzar mi artículo de esta mañana para referirme a lo que hoy cualquiera puede afirmar con rotundidad dadas las extrañas y complejas circunstancias en las que nos encontramos y que tanto nos afectan.

De momento puedo garantizar que solamente me siento responsable de ese pasado ya vivido, pero nada del poco futuro que, por desgracia, ya me queda por delante. Y digo ya porque decir todavía me parece muy poco alentador. Bien es verdad que el verso en cuestión, sobre todo en tiempos de bonanza económica y sanitaria, contenía ciertos ribetes de añoranza o nostalgia que casi nadie compartía, pero, aún así, en la dramática situación que nos encontramos hoy, parece estar más vigente que nunca, incluso mucho más que en su propio tiempo, ¡Que ya es decir!

Es lo que llamamos presente lo que en realidad no existe. El futuro resulta tan vertiginoso que el lastre vivido hasta el segundo presente lo depositamos en el pasado más inmediato con la misma rapidez con la que también construimos el incierto porvenir.

Los que ahora cuentan con mi misma edad, tenemos la gran suerte de poder refugiarnos en un pasado del que hemos salido indemnes, a pesar de todo. Los muy jóvenes corren peor suerte porque, desgraciadamente, carecen de una cosa y otra. Es decir, si no se tiene o se ha tenido futuro, muy difícil será fijar un pasado que pueda ser contado algún día. Que pueda ser contado un día en el que la presencia de un virus mortal siembre de nuevo el infortunio, como está ocurriendo ahora, sobre la población mundial.

Ese es para mí el gran valor gráfico que contiene mi archivo particular de negativos, en el que me refugio tantas veces y en tan graves momentos de crisis como la que padecemos hoy día. Allí me encuentro con mis paisajes predilectos, con mis viejos amigos con los que, además, todavía hablo, incluso con gente que apenas conozco pero de la que sé que compartieron tiempo y espacio conmigo; y eso me consuela.

De modo que no me avergüenzo en absoluto y mucho menos me arrepiento de rescatar del olvido ese último verso de consuelo que Jorge Manrique escribiera como colofón en las célebres “Coplas a la muerte de mi padre” y con el que yo me identifico plenamente.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

leave a reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.