Consumo clandestino

Hay quienes consideran que tendremos pandemia para rato y en consecuencia habremos de acostumbrarnos a padecerla de algún modo, durante mucho más tiempo además de paciencia. No es necesario estar contagiado para lamentarnos de eso, basta con continuar los confinamientos y mantener el rostro semicubierto por una frágil mascarilla perecedera que no sólo desvirtúa nuestra propia fisonomía sino, además, nuestro talante también.

Mi antigua experiencia vivida en Suecia me ha hecho recapacitar sobre el fenómeno social tan distinto y a la vez tan poco arraigado que entre los nórdicos significa el hecho de alternar en las escasas terrazas de los bares que debido al riguroso clima, sobre todo en invierno, se encuentran en general cerradas al público. Ellos, al contrario que nosotros los españoles, suelen ser bebedores más bien domésticos; salvo excepciones. La calle, para nosotros los españoles, significa mucho, resulta casi fundamental por no decir imprescindible, destinada siempre para llevar a cabo cualquier cosa que sugiera divertimento; y en ello  siempre estamos en la medida que tengamos oportunidad de hacerlo.

No creo que lleguemos a los extremos de la Ley seca que decretó la prohibición del consumo de alcohol en Estados Unidos, pero lo cierto es que, a juzgar por la demanda soterrada que en nuestro país exige una población mayoritariamente joven, dispuesta a divertirse a cualquier precio, no sería de extrañar que empezaran a proliferar también en España locales clandestinos destinados al consumo de bebidas espirituosas y exentos sus clientes del uso de máscaras de protección individual.

Siguiendo los pasos que me dicta la conciencia fotográfica que tanto me caracteriza y fuera ya del entorno del paisaje estrictamente  urbano, empiezo a distinguir en los extrarradios, sospechosas maneras de congregarse gente con un propósito susceptible de ser admitido de divertimento. Sin embargo, no resulta tan fácil precisar el destino al que posiblemente deban dirigirse para expandirse hasta que, como antes se decía, “no hayan moros en la costa”.

Este nuevo cambio de condiciones de vida es una realidad palpable que no deberíamos en absoluto desperdiciar como fenómeno social, porque, en mi modesta opinión, todo ello generará, al fin y al cabo, una nueva manera de percepción de la realidad cotidiana que dará lugar  a muy distintas interpretaciones no sólo ya en el ámbito estrictamente sociológico, sino también dentro del artístico, tanto plástico como literario.

De manera que en nuestra febril imaginación ya comienzan a aparecer, entre otros, los primeros detectives del siglo XXI, persiguiendo y tratando de clausurar en los suburbios de las grandes ciudades como Mádrid y Barcelona, los cientos de garitos amagados en sucios y estrechos callejones sin salida, donde se expende alcohol a los jóvenes, pero que no serán multados por el consumo, sino por reunión ilícita con ausencia de mascarilla, según establece el nuevo código penal en vigor.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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