Chamanes y agoreros

Hasta llegar aquí, el camino ha sido largo y tortuoso, pero no tan difícil de sobrellevar como para que muchos jóvenes hoy lo celebren ciñéndose al Covid-19 en perjuicio de su propia salud y la de sus familiares. Dándole la bienvenida que no se merece, ebrios de felicidad entre abrazos, fiestas privadas clandestinas, botellones en alamedas y parques, amparados siempre en la noche en la que todos los gatos parecen pardos mientras creen que el virus mortal sólo se manifiesta a partir del alba hasta el ocaso, siempre dispuesto a ofrecerles hasta su regreso a casa, la última oportunidad de un placer efímero a costa de la salud del resto de familiares y amigos que permanecen a salvo en sus domicilios, tal y como aconsejan las autoridades sanitarias.

Los negacionistas continúan queriendo ignorar la presencia del Covid-19 en torno a ellos, en un alarde imposible en desafiar la muerte de manera tan arrogante y gratuita frente a una opinión pública que no acaba de concederles la razón por motivos tan obvios como es la presencia de cientos de contagiados diarios ingresados en las UCIS de toda España.

La facilidad con la que chamanes contemporáneos se abogan el hecho de considerar al virus un producto inocuo que simplemente obedece a una estrategia política determinada al servicio de los intereses políticos de países interesados en liderar la economía mundial, me parece un argumento tan pueril como incierto. El virus es letal de necesidad, independientemente de las otras razones que puedan argumentar en su favor los negacionistas.

No niego el interés de otras potencias en aprovecharse tal vez de la situación creada a propósito para beneficiarse, entre otras cosas, con la obtención de una vacuna que a nivel mundial pueda paliar la pandemia que nos asola, pero de ahí a afirmar que el Covid-19 en realidad no existe se convierte en una temeridad de resultados imprevisibles a corto plazo como para ser tan fácilmente ignorado.

Nuestra sociedad no puede permitirse el lujo de confiar en agoreros clandestinos, amparados tras las redes sociales, sino en aquellos otros representantes de la ciencia y la medicina como son, sin ir más lejos, los epidemiólogos. Y en tal sentido tendremos que facilitarles la oportunidad de colaborar en beneficio de todos y hasta que todo esto acabe definitivamente para siempre.

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