Basura

Rebeca se acercó aparentemente interesada por la lencería fina a la vista en un moderno expositor...

De Rebeca se decía que hablaba mucho, que hablaba hasta por los codos, razón por la cual, según ella, siempre vestía de manga larga; quizás para disimular. Ya de mediana edad y soltera por tradición conservaba aún no sólo una cierta belleza mediterránea sino además una serie de viejas y sólidas amistades entre las que se encontraba, precisamente, Rodolfo, un apuesto gay de su misma edad, educado y encantador, con unos delicados modales hoy ya en desuso pero que entre los suyos pasaban por ser exquisitos.

-Nos vemos mañana, Rodolfo.

-Claro que sí, Rebeca. ¿A qué hora?

-Cuando regrese el camión de la basura. Temprano.

-Ok. Estaré cómo y dónde siempre. En la esquina. – Sonrió y colgó el teléfono alegrándose por la cita convenida.

El viejo camión, lento y pesado subía renqueando la empinada cuesta con una marcha corta que lo hacía traquetear estrepitosamente. Llegado a la esquina justo al final de la calle, Rebeca y Rodolfo, sonrientes, lo vieron pasar frente a ellos. Ahora algo más ligero y con una marcha un poco más larga que le daba una cierta alegre aceleración.

-¿Por qué pesará tanto la basura, Rodolfo? –Preguntó Rebeca suspirando.

-Rebeca, -respondió él-: un kilo de basura pesa lo mismo que uno de plomo, mujer. –Lo afirmó llevándose el índice y el pulgar hasta la nariz mientras pasaba el camión, a la vez que el meñique derecho, adornado con un finísimo anillo de oro con piedra preciosa engarzada, apuntaba sin querer hacia el final de la calle por donde hacía sólo un instante y sin hacer ahora tanto ruido por la distancia, desaparecía el motivo de su temprana cita.

-Será entonces por lo que huele, ¿no? Digo yo. –entornando ahora sus ojos negros.

-Lo que si es cierto, es que el peso específico del plomo –ahora con autoridad Rodolfo- es muy superior al de la basura. Para que te enteres de una vez, querida amiga. Y por esa razón un kilo de basura ocupa mucho más espacio que uno de plomo. Eso es todo, ¿vale?

A pesar de lo mucho que Rodolfo presumía de observador, aún no se había fijado en la grande y elegante bolsa dorada de papel de gran gramaje que colgaba de su antebrazo y con el logo en rojo intenso de la célebre modista Afrodita, la preferida de Rebeca.

-¿Qué llevas ahí dentro, Rebeca? –Preguntó ahora Rodolfo con un mohín de misterio en su mirada-.

-Lo de siempre Rodolfo. –Susurró Rebeca como para no ser oída por otros- Un par de kilos de desperdicios, sobre todo inmundicias de esta última semana.

-¿Has elegido ya algunos grandes almacenes donde depositar tu basura semanal, Rebeca?  –Preguntó sonriendo maliciosamente Rodolfo-

-Rodolfo, querido: -intervino ella con retintín-, no es exactamente basura sino desperdicios vegetales. Mondas de patatas, pieles de plátano, cortezas de naranjas, peladuras de calabacines y calabaza, tomates excesivamente maduros, cebollas pochas, etc., pero todo ello dentro de una bolsa de plástico bien atada que llevo en el interior de esta otra de diseño para disimular y pasar del todo desapercibida cuando entre y salga de las distintas tiendas de modas que pienso visitar esta mañana hasta decidir en cuál de ellas abandonarla sin ser vista ni por las cámaras de seguridad ni por los vigilantes jurados.

Finalmente, Rebeca optó por dirigirse a su preferida: Afrodita-Moda. Se despidió de Rodolfo con un hasta luego, -querido-, y entró decidida en la tienda. Para evitar llamar la atención sobre la bolsa, fue cambiándola de brazo, según convenía, para ocultarla con su propio cuerpo de las curiosas miradas de dependientas y clientes.

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Para no herir susceptibilidades de su selecta clientela Afrodita-Moda carecía en su interior de cámaras de seguridad así como de guardias jurados y, por la misma razón, tampoco hacían descuentos de sus caros artículos.

Rebeca se acercó aparentemente interesada por la lencería fina a la vista en un moderno expositor y cuando estuvo segura de no ser observada por clientes ni empleados, depositó con sigilo a su lado y en el suelo la gran bolsa de papel maché con la que había entrado en el local hacía sólo unos minutos. Con mayor tranquilidad si cabe, acto seguido, abandonaría de nuevo Afrodita-Moda.

El motivo que Rebeca se había formulado para obrar de aquella extraña manera habría que buscarlo en el intercambio que ella se había propuesto frente a la ausencia de descuentos en los caros artículos que Afrodita-Moda ofrecía al público, por cuya razón  habría decidido contribuir, a su vez, con ofrecer anónimamente un determinado volumen de desperdicios domésticos suyos proporcional al descuento que, supuestamente, le hubiera correspondido por la última adquisición hecha en tal selecta tienda hacía sólo una semana.

Sumida en estas profundas reflexiones, una vez ya en la calle, se mezclaría, con la conciencia muy tranquila y tan satisfecha de sí misma, con la multitud de una soleada mañana de sábado en una gran capital.

zoilolobo@gmail.com

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2 Comments

  • Un precioso cuento. Zoilo López es un gran artista con una imaginación inagotable. Es un gusto leerlo.

  • Tú si que eres una artista ¡..y tan joven!. He escuchado todos tus discos y me parecen extraordinarios,
    Espero que sigas componiendo y alegrándonos la vida.
    Un abrazo. Zoilo

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