Tumbado sobre una vieja hamaca de playa en el patio de mi nuevo domicilio, bajo un cielo acribillado de estrellas del que pendía el disco de una lánguida luna que arrojaba una luz mortecina en mi discreto territorio, el sonoro borrón de una moto sobre el silencio de la noche me hizo despertar del plácido sueño del que por el momento disfrutaba.
Soñaba que las industrias eléctricas pertenecían al gobierno mientras la lavadora continuaba su silencioso quehacer a esa hora todavía temprana de la noche. También los alquileres de las viviendas se habían rebajado hasta la altura de las circunstancias y, sobre todo, el Covid-19 nos había abandonado definitivamente mientras sonreíamos unos a otros con dientes falsos de porcelana porque, por fortuna, los dentistas habían rebajado mucho el coste de sus intervenciones por temor a que algún día fueran obligados a formar parte de la Seguridad Social de nuestro país.
De pronto sentí miedo de que repentinamente acabara el verano tan plácido que nos hemos merecido disfrutar, pánico de que sus señorías pudieran regresar de sus largas vacaciones para empeorar aún más las cosas y rechazar las soluciones válidas que en sueños yo había estado tratando de alcanzar tímidamente.
Aún me quedan quince días más para seguir soñando con lo mismo, -me dije a mi mismo cuando me sentí despierto-.
¿Tendré derecho a quince días más de vacaciones este año? –me pregunté a mi vez sin acordarme siquiera de que ya llevo algunos años jubilado en las mismas condiciones que otros tantos de miles que se mantienen gracias a sus pensiones, proporcionales a los años cotizados a la Seguridad Social mientras aún trabajaban.
Y me dije: ¿por qué no? ¡Claro que sí! Tengo derecho al verano entero porque, afortunadamente, puedo disfrutar de la presencia del mar todo el año, aunque no es lo único que un isleño como yo necesita para ser completamente feliz, independientemente de la rabiosa presencia de los fondos buitres, de las multinacionales, de los monopolios e, incluso, de la notada ausencia de una clase política que no es capaz de ofrecer ni siquiera el mínimo indispensable de esperanzas en poder alcanzar una meta mejor para otros muchos miles que no saben qué hacer con sus vidas.
zoilolobo@gmail.com
Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
