lunes, mayo 23, 2022
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Única e irrepetible

Estudiaba en la universidad. Tenía veinte años. Había roto con su novio y tonteaba con su mejor amigo: –Quizá al verme con él tenga celos y vuelva a mi lado, pensaba.

Una historia mal planteada que no podía tener un final feliz.

La aventura no duró mucho y se quedó sola. Se sentía mal, incómoda y molesta. Con el paso de las semanas, encima y, para su desgracia, engordaba.

Estaba nerviosa e irritable, pero siguió con su rutina universitaria. Sus amigos no entendían por qué se retiraba mucho antes de lo que era su costumbre cuando salían de copas desde la noche del jueves.

Una mañana en la Facultad le abordó una amiga: –Soy amiga tuya desde hace años, puedes confiar en mí. –No te entiendo, ¿a qué te refieres? –No te hagas la tonta y dime la verdad, ¿estás embarazada? –No, claro. –Entonces, explícame por qué tienes esa tripa, te duermes, no sales… Su única respuesta fueron unas exclamaciones incoherentes y algún que otro grito. Después, se marchó.

De vuelta a su casa, cayó en la cuenta de su estupidez. Era muy irregular en sus reglas y, ni por asomo, se lo había planteado. ¿Cómo no lo sospechó? Tenía que salir de dudas. Compraría una prueba de embarazo en la primera farmacia que viera. Ya en el apartamento, verificó la evidencia. Ella no lo quería. Y, desde luego, no iba a renunciar por nada ni por nadie a la vida que tenía trazada. Así se lo habían enseñado. Sin pensar más, pidió hora en el servicio de ginecología del hospital.

Aquella noche llovió sin parar. La mañana amaneció oscura y lúgubre. Seguía lloviendo.

Fue sola. No quería que nadie se enterara. No quería testigos ni espectadores.

En la sala había bastantes mujeres. Mientras unas charlaban animadamente y se hacían preguntas: –Y tú, ¿qué sientes?, –¿De cuánto estás? –¿Has engordado mucho? Otras mujeres permanecían en silencio, sin levantar la vista. Eran invisibles o pretendían serlo.

Cuando pasó a consulta le confirmaron que estaba embarazada. De veinticuatro semanas. A los dos días encontraron un hueco para practicarle un aborto de urgencia, debido a lo avanzado de su gestación.

El aborto fue fallido. Nació una niña de un kilo y seiscientos gramos. Medía treinta centímetros y había sufrido con la práctica del aborto, no conociéndose entonces las posibles secuelas que iba a padecer de por vida.

Al ser informada del nacimiento, firmó la renuncia de su hija, que pasó a engrosar la lista de adopción. Fue depositada en la incubadora, donde permanecería tres meses.

Un trabajador de neonatos al enterarse de su procedencia solicitó de inmediato la adopción. La información sobre las terribles secuelas sufridas por la niña no les impidió a él y a su mujer su adopción de inmediato. No se asustaron de lo que les venía encima. No se abrumaron. Ni un solo día dejaron de ir a verla a la incubadora. Admiraban la lucha por la vida de su hija adoptada.

Era una jornada de martes, un soleado y resplandeciente martes de primavera cuando Marta era recibida en su casa. Sus padres estaban resueltos e ilusionados para trabajar por ella. No había tiempo que perder.

Con una atención, mimo y cuidados extraordinarios Marta crecía y se fortalecía. Las secuelas no desaparecieron a pesar de su intensa y enérgica lucha, pero no alcanzaron la gravedad pronosticada.

Cumplidos los ocho años, un día mientras jugaban, su madre quiso hablar con Marta. Llevaba anunciándoselo varios días. –¿Qué quieres mamá? –Te quiero tanto, tanto que no podría quererte más. Si te hubiera encontrado jugando al escondite me hubiera quedado contigo, le dijo su madre. Ante su cara de estupor, continuó: –Papá y yo te encontramos un día y quisimos que vinieras con nosotros. Eras un bebé precioso. Pero, todavía hoy eres más maravillosa de lo que eras entonces. Marta frunció el ceño.

La conversación se repitió en sucesivas ocasiones. No se repetían las palabras, pero sí las arrugas que aparecían siempre en el frágil rostro de su hija.

Ya adolescente, Marta se enfrentó a su madre: –¿Quién era mi madre?, y –¿Por qué me abandonó? Marta padecía y se rebelaba contra su origen. Seguía sin entender lo sucedido.

Pese a su parálisis fue a la universidad. Estaba en segundo, cuando su madre después de una oleada de preguntas le explicó que había sobrevivido a un aborto.

Inmediatamente después se fue a su habitación y allí permaneció encerrada. No salió ni permitió la entrada a su padre ni a su madre. Se preguntaba y volvía a preguntar: –¿Por qué no me quiso? –¿Por qué me hizo daño? –Por su culpa sufro una parálisis cerebral –¿Qué le hice yo para que me odiara? –¿Por qué me abandonó? –¿Habrá pensado en mí alguna vez? –¿Qué me diría ahora si me conociera? Cuando por fin dejó la habitación, salió enfadada con el mundo.

Sus padres, una vez más, le demostraron el desmedido amor que sentían por ella. Como tantas veces le habían dicho, le repitieron: –Eres una mujer única e irrepetible. Estaban convencidos que vencerían una vez más los contratiempos y las enormes dificultades con paciencia y perseverancia.

Se mantuvieron, como siempre, a su lado. Ahora, en silencio. La cuidaban y la querían más aún de lo que ya antes habían hecho. Sufría terriblemente tras el shock. Necesitaba más comprensión y cariño. Tenía que superar el dolor, el sufrimiento y la incomprensión del rechazo de quien la llevó en su seno.

Volvió a su vida, volvió a la universidad. La vida le reservaba una sorpresa. Conoció a Ignacio, un estudiante de cuarto curso, de quien se enamoró. Él aceptó con naturalidad su discapacidad, y gracias a ello, Marta venció su desazón y congoja. Se sentía querida por sus padres y ahora, además, estaba enamorada y correspondida.

Cuatro años después, Ignacio y Marta contrajeron matrimonio. A los dos años, Marta se quedó embarazada. Con el resultado positivo de la prueba de embarazo fue a casa de sus padres. Quería hacerles partícipes del momento de mayor felicidad de su vida. A ellos que la habían dado todo sin esperar nada. Ellos, que habían hecho posible la mujer valiente, serena y decidida en que se había convertido. Ahora, vivía con una felicidad e intensidad extrema su embarazo y el próximo nacimiento de su hija. Había aprendido, gracias a la generosidad de sus padres, el verdadero significado y el valor gigantesco de la maternidad.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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2 COMENTARIOS

  1. Conmovedora y realista la historia de Marta, que recoge a la vez el acto quirúrgico más execrable y el acto humano más encomiable : El intento de dar muerte al cachorro ya viable y la adopción amorosa de una niña con discapacidad.
    Es triste saber que, habiendo tanta demanda de adopciones, no se gestionen debidamente y se informe y ayude a las gestantes con problemas, para que no tengan que pasar el resto de su vida lamentando la pérdida del hijo.
    Marta fue afortunada: vivió e hizo felices a sus padres. Qué bonita historia!

  2. Muchas gracias Nieves.
    Algún día nuestra sociedad será criticada, como lo han sido las anteriores, por las leyes injustas que han padecido ante el mutismo de la mayoría.
    La información a las restantes se restringe cada día más. Incluso quieren penalizar tales actividades. Una injusticia más sumada a la anterior. Un despropósito.
    Y, mientras tanto, historias como la que se novela, siguen existiendo en nuestra sociedad. No tenemos que irnos muy lejos.
    Gracias, otra vez

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