martes, agosto 16, 2022
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Tu madre es rara, rara

Siempre fue una mujer peculiar, diferente. O como hubiera dicho mi padre: no es que esté rara, es que es rara.

Pero, qué voy a decir yo. Es mi suegra desde hace veinte años.

Dos días después de quedarse viuda vino a comer a nuestra casa y aquí se quedó. Nadie le dijo nada y sigue desde entonces. Esto sucedió hace catorce años.

—Con tres adolescentes en casa, y tu madre con su función estelar tenemos uno más. Es peor que nuestros hijos. Desde hace una temporada está todo el día jugando con el móvil, le decía a mi mujer.

Tenía tanto que contar, que las horas del día le eran insuficientes. Las complementaba con las hurtadas a la noche. En la oscuridad y en el silencio reinante se oía el tintineo de su móvil. Ya sabíamos: —Está perfecta, pero un poco dura de oído. Tras los mensajes, era habitual que se levantara y hablara sin cesar. Risas. Carcajadas. —¿Quedamos mañana? —¿Una caña? —¿Un vino? —Lo que tú quieras, decía a su interlocutor. Debía tratarse de alguien muy especial.

Cada día estábamos más intrigados. —¿Quién será? —Pregúntaselo tú. Es tu madre. No sería oportuno que yo le hiciera esa pregunta. Aunque reconozco que estoy más intrigado que tú.

—¿Con quién estás hablando todo el día mamá? y, ¿A quién estás enviando secretitos por el móvil?, le preguntó mi mujer. Y añadió: —Tu nieta de catorce años es más madura que tú, y utiliza el teléfono con más prudencia. —Con nadie en particular. Mis amigas envían mensajes sin parar. No sabía que molestara a nadie. Perdona hija. Es que parece que incordio. Si es así, no tienes más que decírmelo y vuelvo de inmediato a mi casa. No quisiera estorbar.

Después de la contestación que le dio a mi mujer, era evidente que no le había gustado la pregunta. Nuestra vida seguía y discurría inevitablemente por la rutina diaria.

A mi suegra parecía no afectarle la monotonía. Cada día estaba más rejuvenecida y dichosa. Hasta sus nietos se daban codazos: —Tú sabes con quién habla, se preguntaban entre ellos. —Mira cómo se ríe. Lo pasa mejor que nunca.

Un día nuestra hija llegó a casa comunicativa, a pesar de sus catorce primaveras y con todas sus neuronas, que eran muchas, completamente revolucionadas.

Había visto a su abuela en un banco del parque. —¡Lo sabía! ¡La abuela tiene novio!, nos contó. Estaba con un señor mayor en una zona apartada.  —Parece un buen tipo. Alto, delgado y tiene el pelo completamente blanco. Y lo mejor: —Él le cogía la mano e intentaba robarle algún que otro beso. —Y, ¿tu abuela?, dije sin pensar. —Se hacía la dura, sentenció. —Pero, estoy convencida de que le gusta un montón. Creo que está coladita.

Sin embargo, días después llegó la tristeza a su rostro. —Era mucho mejor verla antes, le dije a mi mujer, cuando irradiaba felicidad y alegría desbordante. Ahora, arrastraba los pies al andar. Estaba cabizbaja y meditabunda. Pasaba las horas, sentada en un sillón, mirando el móvil, pero la febril actividad había desaparecido. No había mensajes. Sí quedaron las miradas constantes al teléfono, pero el móvil permanecía silencioso e inactivo. Apesadumbrada, perdía su mirada. Esperaba desolada algún sonido, pero las noticias no llegaban.

Cuando mi mujer le preguntó qué le pasaba, incluso se le escapó alguna lágrima. Entonces, se levantaba y se encerraba en su habitación. —¿Qué había sucedido? ¿Pelea de enamorados?

Mi mujer esperó. Pero, tras ocho días de intensa tristeza, madre e hija se fueron juntas a pasar la tarde a una acogedora cafetería. Y allí, frente a un vino, mi suegra le explicó a su hija lo que estaba sucediendo desde hacía meses.

Un hombre encantador la pretendía. Y ella, como siempre, le dio calabazas. Estaba acostumbrada a ser mirada y admirada. Y es que, a pesar de su edad seguía manteniéndose como la definían sus nietos, usando la broma de casa, de definirla tan solo dos palabras: ‘im presionante’. Pero, esta vez, la castigadora impenitente se había topado con la horma de su zapato. Su viejecito alto, de porte elegante y seductor se cansó tras tantas calabazas, y pasó al contraataque. Ella se quedó desconsolada. Desarmada. No sabía qué hacer. No tenía experiencia en esas lides. Solo lloraba…

Por fin, sabíamos el motivo de su tristeza. Y, entonces, nuestra hija de catorce años se nos adelantó. La abordó en su habitación y le dijo: —Abuela, tenemos que hablar. Los tiempos han cambiado. Ahora no se puede castigar a los hombres tanto como lo hacías tú. Tienes que modernizarte. Tracemos un plan. Su abuela la miraba expectante y con orgullo. Emocionada de que una niña, su nieta, se hubiera convertido en una aliada incondicional de sus aventuras amorosas: —Mándale un mensaje y queda con él para tomar algo. El mensaje que redactaron ambas decía: ‘Hace tiempo que no sé de ti. Si quieres quedamos para tomar un vino. Pero esta vez seré yo quien pague la botella’.

Antes de la cita, su nieta la acompañó a la peluquería, fueron a comprar un traje y unos zapatos. Volvió a aleccionarla. Y preparada, la dejó para su cita…

Debieron beber la botella de vino entera y algo más. Regresó a casa cerca de las dos de la mañana. Entró en la habitación de su nieta y charlaron como amigas y confidentes. Estaba feliz de nuevo.  Radiante como nunca. Habían retomado la relación.

En dos meses mi suegra saldría por fin de casa tras quince años. Mi hija sería su madrina y la acompañaría al altar. La entrañable historia que compartían las había convertido en cómplices de por vida.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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