lunes, febrero 2, 2026
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Morir para después morir

Mi madre nos había dicho un día que la vimos llorar que mi padre estaba enfermo. Aquel día mi padre le había gritado sin parar, y al darle las buenas noches nos dijo unas cosas muy raras. Mi madre le dijo: — Por favor, deja a las niñas, no te metas con ellas.

Desde entonces volvimos del colegio solas. Mi hermana, de nueve años, tenía que ocuparse de mí, de siete. Esa era la condición impuesta por mi madre, la de no poder soltarme de su mano ni un momento.

Al llegar a casa teníamos preparada la merienda y nos pusimos a hacer los deberes. —¿Dónde está papá?, le pregunté. —No sé. No ha venido, ni ha llamado. Seguro que viene a cenar. Son días complicados para él, no te preocupes.

—¿Puedo acostarme un poco más tarde, mamá? Quiero ver a papá. —Sí, puedes esperar media hora más, siempre que mañana no protestes al levantarte, accedió. —Te lo prometo, mamá. Necesitaba ver a mi padre. Quería saber si estaba mejor de esa enfermedad.

Aquella noche mi padre no llegó a cenar. Tampoco regresó al día siguiente. Ni al otro. Mi madre no sabía qué hacer.

Los días se sucedían y después las semanas y los meses.

A los diez años mi madre fue al juez y dijeron que al haber desaparecido sin que nadie supiera de él, declaraba fallecido a mi padre.

Decían que había muerto y crecimos sin él. Años después trabajamos y mi hermana se casó y se fue a vivir a Molinicos. Yo seguí viviendo con mi madre en Letur, provincia de Albacete.

Todas las noches veíamos las noticias. Aquel día anunciaron una alerta por fuertes lluvias y tormentas.

Mi jefa me mandó a volver a casa a mitad de la jornada. Vivíamos en la parte baja del pueblo. Ya en casa con mi madre nos sentamos en el cuarto de estar y comentamos que la alerta era exagerada. Tampoco llovió tanto.

Sin embargo, a más de treinta kilómetros de distancia se cuajaba el desastre. El agua se acumuló hasta más de 200 litros por metro cuadrado hasta provocar el desbordamiento del arroyo que discurre por nuestro pueblo.

Entonces, sí. La fuerza del agua, su violenta e impetuosa potencia anegó con una fuerza desconocida las casas situadas en lo alto del pueblo y arrastró y destruyó cuanto encontró a su paso. Vehículos, contenedores, ramas de árboles se enredaban y formaban un conglomerado de obstáculos que ejercían aún más presión y deterioro a su paso.

Las horas siguientes fueron traumáticas. La desolación invadió nuestro pequeño pueblo. Los daños fueron numerosos. Casas arrancadas, cientos de coches arrastrados, locales destruidos, muebles, contenedores, árboles, mobiliario urbano. Hubo pérdidas irrecuperables. Seis vecinos murieron.

Estábamos traumatizados por lo vivido hasta que la devastación sufrida en tantas poblaciones valencianas desvió nuestra mirada. Nuestros vecinos de Valencia sufrieron una hecatombe, una catástrofe mucho mayor que la nuestra.

Durante días buscaron a los desaparecidos de sus casas, de sus coches, de sus garajes o locales. Escudriñaron el terreno, un vasto territorio. Se buscaba a cientos de personas desaparecidas entre el lodo, los naranjales o cerca del mar. Los desaparecidos se transformaban… una decena, una veintena, una treintena. La suma alcanzó la cifra escalofriante, semanas después, de 224 fallecidos y 3 personas cuyos cuerpos no se encontraron.

Tras el reconocimiento de las identidades las autoridades se pusieron en contacto con los familiares. Mi madre y yo seguíamos las noticias por la televisión. El sábado llamaron a nuestra puerta. Eran las nueve.

Mi madre abrió la puerta. Ante ella se encontraba una pareja de policías acompañada de una autoridad política. —Lamentamos decirle que su marido ha sido identificado como una víctima de la Dana, le dijeron. Ella les contestó: —Es imposible. Mi marido fue declarado fallecido hace muchos años. —Lo sentimos, señora, el ADN ha revelado sin ninguna discusión que se trata de su marido. Vivía en Valencia. Quizá al desaparecer de su domicilio se trasladase a Paiporta, porque allí vivía.

Al irse, mi madre y yo nos fundimos en un abrazo. Recordamos lo nervioso y agresivo que había estado los días anteriores a su desaparición.

Había tenido veintidós años, más de cuatro mil doscientos ochenta días para ponerse en contacto con mi madre, con mi hermana o conmigo. Nunca lo hizo. Nunca tuvo tiempo. Ahora, era una riada la que se lo había llevado para siempre.

Pero, la riada no se lo llevó. Mi padre había muerto antes. El juez lo declaró fallecido diez años después de irse, aunque para nosotras murió el día que desapareció y de esto ya se han cumplido veintidós años.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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