martes, agosto 16, 2022
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Huele a chamusquina

Su madre le castigaba cuando le cogía un mechero o una caja de cerillas. Desde muy pequeño a Mateo le encantaba quemar papeles, palos o cualquier cosa que caía en sus manos. El fuego le fascinaba. Las llamas le hechizaban. Hasta el olor a chamusquina le seducía.

—Vamos a organizar una hoguera con la papelera del colegio, dijo a tres compañeros de su clase. Unos días después, Mateo estuvo castigado en el colegio al volver a hacer otra hoguera, esta vez con libros de la biblioteca. La maestra le reprendió en sucesivas ocasiones. Tenía que entender que su conducta era inaceptable.

En cuanto terminó la educación secundaria Mateo abandonó el colegio. Encontró trabajo en el bar del pueblo y algún tiempo después empezó a colaborar como bombero voluntario. Su madre sintió la paz que tanto anhelaba. Había reprimido su instinto incendiario. El único vicio que no había logrado desterrar de su querido hijo era el hábito de fumar. —A Mateo lo que realmente le gusta es ver cómo se consumen los cigarrillos reduciéndose a ceniza tras encenderlos, decía. Y añadía: —Juega una y otra vez con su mechero y queda ensimismado al contemplar cómo se consumen los cigarros lentamente gracias a la lumbre.

Los meteorólogos habían anunciado un día soleado y caluroso. Se preparaban para una noche mágica. Todos los habitantes de pueblos y ciudades se reunían para saltar las hogueras en la noche de San Juan. Había que tener precaución. La alerta era naranja. El mes de junio había sido hasta entonces muy caluroso y no había caído ni una gota de agua.

Desde las ocho de la tarde olía a sardinas en el campo, en el monte, en las playas, en las ciudades. Se asaban en hornos improvisados con leños de muy diversa procedencia.

En aldeas pequeñas, casi deshabitadas, se reunían alrededor de una sola hoguera.

Una noche deseada y esperada. Una noche despreocupada, de expansión y diversión. Los reunidos comían, bebían y reían. La noche más larga del año. La luz se alargaba y no quería abandonarnos. Parecía que nunca fuera a anochecer. Una explosión de luz, color y alegría animaba los espíritus de los congregados. ¡Empezaba el verano!

Los minutos pasaban. La gente bailaba sin descanso. El tiempo se había detenido. Olía demasiado a quemado. Entonces, alguien gritó: —¡Fuego! ¡Fuego! Está ardiendo el monte. ¡Socorro! ¡Corred!

Y en el más nefasto de los escenarios posibles se levantó un fuerte viento que se convertiría en el mejor aliado del fuego y en el peor enemigo del monte y de la naturaleza.

En apenas unos minutos las altas lenguas de fuego se veían con claridad. Eran más veloces de lo que nosotros podíamos correr. El viento trasladaba con gracilidad las llamas de la copa de un árbol al siguiente y así se inició una infernal carrera contra nuestros bosques.

Nuestra aldea fue desalojada. Apenas cogimos dos cosas y dejamos nuestras casas al capricho de la alta combustión. Soltamos al ganado. Si tenían suerte, quizá algún animal salvaría su vida.

Pocas horas después comenzó la lluvia de cenizas. El viento soplaba y soplaba. Iba arrasando pueblo tras pueblo ante nuestra incapacidad y desesperación. Nuestros esfuerzos eran inútiles frente al monstruo devorador que teníamos delante de nuestros ojos. Aquella noche no hubo oscuridad sino un resplandor virulento que arrasaba el monte en su galopante carrera.

Desalojaban a la gente de sus casas. Nosotros intentábamos ayudar a los bomberos, al ejército… No había que desdeñar ayuda, por pequeña que fuera.

Los bosques desaparecían consumidos por las llamas. La devastación seguía su curso a gran velocidad. Pinos, cerezos, robles, castaños y nogales centenarios sucumbían ante las llamaradas y el calor abrasador. Los troncos centenarios se arrugaban como si fueran plástico. Cientos de años de lucha, de superación contra las plagas y otras batallas inefables y ahora, delante de nosotros, se consumían en un abrir y cerrar de ojos.

Toda la noche bregando para que el brutal incendio cesara en su avance infernal. Nos mandaron lejos para descansar. La noche había sido interminable, pero los días siguientes iban a ser aún más desesperanzadores.

Con su despertar, el alba nos mostró con insolencia y desgarro la profunda herida de la naturaleza. La luminosidad de las llamas alumbrando la noche daba paso a un bosque sin color, herido de muerte.

La lucha sin cuartel seguiría por tierra y aire para detener el incendio. Ocho días más tarde, ya acotado, colaboramos sin peligro en las tareas de extinción.

La vuelta a lo que días antes había sido nuestro hogar fue agónica. Nuestra casa, nuestro pueblo, nuestro bosque, nuestras montañas se habían esfumado. El paisaje, antes verde y frondoso, era ahora escuálido, marrón oscuro y mal oliente. La vida, la luz y los colores habían desaparecido de nuestra vista. Nuestros árboles estaban abrasados. Sin ramas, muchos sacaron sus raíces fuera de la tierra en señal de duelo.

Lo único que saltaba a la vista eran los remanentes de cadáveres variados: troncos retorcidos, dentaduras de caballos, vacas, ovejas… Salvo esos restos, todo estaba chamuscado. Enroscados de dolor hasta encontrar en la muerte la ansiada paz. No pudieron escapar. Las altísimas temperaturas alcanzadas y las llamas de treinta metros de altura les habían encerrado en un círculo mortal. Olía a podrido.

Lloramos. Y, volvimos a llorar. Todos los pueblos sentían un dolor inmenso. Mateo, y otros jóvenes de distintos pueblos lucharon sin descanso los últimos días.

En pocas ocasiones, también lloramos de alegría. Cuando alguno encontraba un animal desfondado, desorientado, aterrado de miedo, o un árbol en medio de la nada. Hacíamos una fiesta: ¡alguno lo había conseguido!

Vimos como la madre de Mateo se sintió confortada viendo actuar a su hijo como bombero voluntario.

Los años habían contribuido a que su hijo tuviera un carácter menos impulsivo y compulsivo, por lo que era fácil desechar la idea de su colaboración, menos aún que su hijo fuera capaz de realizar los preparativos que exige un incendio. Además, Mateo no parecía indiferente ante las terribles consecuencias contra la vida o la propiedad. Había estado pendiente todo el tiempo de la evolución del fuego.

Días después, dos colillas halladas en los cinco puntos localizados por los agentes del Seprona que fueron los detonantes intencionados del incendio llevaron a los mismos guardias a detener a Mateo como autor del mayor incendio provocado nunca en la zona.

El incendio seguiría latente bajo el subsuelo durante semanas. Para los pueblos afectados permanecería para siempre en nuestra memoria.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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