miércoles, enero 19, 2022

El Gordo

Miles de personas se apresuran y afanan para comprar los últimos décimos de la lotería. Quedan pocos minutos para que se cierre la venta. Son muchas las ilusiones depositadas en la lotería de Navidad del año 2021.

Los dos últimos años vividos han sido difíciles, muy difíciles.

Los daños económicos se cuentan por miles, por millones.

Y han existido pérdidas mucho más dolorosas, una auténtica tragedia si se contabilizan los cientos de miles de fallecidos. ¡Son tantos los que se han ido! Demasiados.

A muchos de esos seres queridos se dirigen los ruegos de los que compran los décimos. Piensan que, desde donde estén, podrán echar una mano a los que aquí permanecen. Si les toca algún premio será una señal de que siguen ejerciendo su solícita y cariñosa protección.

Tras haber afrontado tanta desazón y pena, la ilusión y esperanza de la población se centra en la lotería…

Entre tanta ilusión, en la pequeña isla situada a casi mil ochocientos kilómetros del suroeste de la península, las plegarias de sus habitantes son más simples. En la isla de La Palma, esperan también un premio, el más gordo.

El galardón anhelado y por el que suspiran desde hace tres meses es que el volcán Cumbre Vieja deje de rugir. Que la más larga erupción en la historia de la isla, el bramido ensordecedor de la tierra acabe. Que se detengan las continuas y ruidosas explosiones. Que concluyan los movimientos que hacen tambalear los cuerpos y las almas. Que se silencie ¡por fin!

Volver a recuperar el canto de los jilgueros, de los canarios o de los petirrojos… Disfrutar con alegría de los bellísimos paisajes conocidos de la isla, y también de los recónditos y escondidos. Pasear por la Caldera de Taburiente o el Mirador del Roque de los Muchachos, o recorrer la impactante ruta de los volcanes, admirando el vuelo de los gavilanes o topándose, con suerte, con algún muflón.

Que cesen los torrentes de lava y magma. Esos ríos de destrucción que han arrasado plantaciones, carreteras, campos de deporte, iglesias, cementerios, viviendas y los recuerdos de tantas vidas que han desaparecido para siempre…

Volver a pasear libremente por los campos. Recrearse, de nuevo, escuchando el susurro del mar golpeando las rocas en el Charco Azul. Admirar el vuelo del charrán o las gaviotas sobre playas de agua cristalina y un hechizante e inmenso mar azul. Deleitarse oyendo el chicharro de las cigarras, o pasear hasta el Faro de Fuencaliente.

¡De cuantas cosas nos ha privado este volcán!

Volver a respirar aire puro y limpio. No más azufre, no más gases, malos olores y contaminación… Inspirar las innumerables y embriagadoras fragancias de las pequeñas flores silvestres que afloran por doquier, la del pensamiento de cumbre y las violetas que proliferan por todos los rincones.

Volver a practicar el senderismo por el Cubo de la Galga contemplando los helechos gigantes del Bosque de Los Tilos o pasear entre los dragos de Buracas, y en el silencio, rendirse ante el afán, el intenso trabajo y el vuelo majestuoso del águila pescadora.

Volver a entusiasmarse observando el revoloteo de las libélulas y el llamativo y espectacular juego de colores que dibujan las mariposas anaranjadas y amarillas con sus acrobacias inacabables.

Volver a gozar de la noche inigualable de la isla. Al irse la luz y en la oscuridad, disfrutar del silencio, del sosiego y del merecido descanso. Regocijarse con la invasión de estrellas en el firmamento. Un espectáculo sin igual, una exhibición maravillosa que hace estremecerse hasta a los ciegos.

Volver a la lucha cuando cese el miedo, la angustia, la zozobra y la tribulación. Que con la tranquilidad en el cuerpo y en el corazón, cada palmero rehaga su vida, afrontando el reto de una tarea ingente y colosal.

Y, hacerlo con la misma dignidad y entereza con la que, algunos, han perdido todo. Una dignidad que desafió a las fuerzas de la naturaleza. Una dignidad inquebrantable, sostenida y mantenida durante los durísimos meses que el volcán ha herido sus almas y sus corazones con pérdidas insalvables e irrecuperables.

Que para emprender tan difícil reto cuenten una vez más con la generosidad, la solidaridad y el acogimiento de sus vecinos y de los que los miramos y admiramos desde lejos.

El espíritu, el valor y el coraje demostrado por los palmeros consiguen darle el verdadero significado a la isla de la Palma: la isla bonita. No se han rendido ni se rendirán. Sus sufrientes almas se reencontrarán de nuevo con la paz y la belleza de la isla.

La caprichosa suerte puede hacer que a la isla de La Palma le toque el largamente esperado y ansiado premio.

Ojalá no sea un sueño o un deseo.

El gordo, ese premio gordo, le tiene que tocar a la isla de La Palma esta Navidad.

Doctora en Derecho y Licenciada en Periodismo

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4 Comentarios

    • Suerte van a necesitar, pero sí reciben alguna ayuda será mejor para ellos. Espero que sigamos recordándoles con el cariño que merecen.

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