jueves, octubre 28, 2021
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El acordeón “Hohner” y su impactante historia

Cuando el día 18 del pasado mes de septiembre llegó a casa este precioso acordeón, para unirse a mi querido “harén instrumental”, se puso de actualidad la romántica y esotérica  idea   que mantengo desde hace tiempo y de la que me he ido convenciendo por diferentes experiencias muy emotivas, y en algunos de los casos impactantes, que he podido vivir a lo largo de estos años de coleccionismo.

La idea en cuestión se resume en que he acabado pensando que son algunos instrumentos, muy especiales, los que de alguna manera misteriosa buscan a las personas y no al contrario como dictaría la lógica y la razón. Y es que pareciera que por algún extraño y misterioso motivo, estos objetos musicales se resistieran a acabar sus días olvidados, de manera indigna, o en el peor de los casos en un cubo de basura, a la espera irremediable de su total destrucción.

En realidad es muy poco lo que conozco sobre la historia de este acordeón del prestigioso fabricante alemán “Hohner”, modelo “Club III B”. Sin embargo es de tal intensidad, que me ha provocado una enorme emoción y como en otras ocasiones, se me hace difícil dejar de pensar en el asunto y preguntarme insistentemente por el “motivo” de ser yo el elegido para que ejerza como su nuevo custodio.

Pues bien, voy con lo sucedido: Unos días antes del encuentro físico con el instrumento, recibo una llamada de mi amigo Juan Carlos, compañero guitarrista, en la que me hace saber que una amiga quería ceder un acordeón, de cierta antigüedad, a una persona que supiera valorarlo y que estuviera dispuesta a conservarlo. Durante la conversación también me comentó que conocía mi afición por coleccionar instrumentos (sobre todo guitarras), y que yo podría ser esa persona que buscaban.

Sin salir del lógico asombro por tan sorprendente propuesta, acepté inmediatamente hacerme cargo de él, con inmensa gratitud.  Pero lo verdaderamente asombroso, que me ha dejado con el impacto y la emoción que antes comentaba, es que cuando me lo trajo, además de quedar muy sorprendido por su excelente estado de conservación, incluso para ser tocado, me comentó que ese instrumento perteneció a un señor alemán, abuelo materno de la amiga que me lo cedía, y que fue un regalo que le hizo  un judío, como gesto de agradecimiento por haberle prestado su ayuda y protección durante la segunda guerra mundial.

Desconozco otros datos importantes que pudieran ampliar esta impresionante historia, como la fecha de fabricación del instrumento, si pertenecía con anterioridad a la familia judía, o si se adquirió expresamente para realizar el obsequio, la fecha del regalo, que con toda probabilidad se produjo después de la guerra, etc. Pero aun sin esos importantes detalles, la historia es de tal potencia que, aunque han pasado unas semanas, no puedo parar de darle vueltas y continuar con mi asombro.

Tengo un amigo mejicano, el Maestro guitarrista Eduardo Castañón, que toca con una guitarra de concierto construida en 1929. Nuestra relación de amistad se inició al conocer que ambos teníamos una guitarra del mismo constructor y año de fabricación (otra impresionante historia para contar en otro momento) y esa rara coincidencia, pues deben quedar muy pocas iguales en el mundo en condiciones de ser tocadas, hizo que compartiéramos informaciones y confidencias sobre ambos instrumentos.

Entre muchas cosas interesantísimas, me comentó en cierta ocasión que él no se considera propietario del instrumento, sino un custodio temporal del mismo, ya que, una guitarra con tantas vivencias musicales y personales impregnadas en los poros de sus preciosas maderas, debe ser considerada patrimonio del mundo. Inmediatamente me adherí a esa idea, pues vi reflejado en palabras un sentimiento que ya había experimentado hacia algunos instrumentos de mi colección. Y en el caso de este acordeón, más que nunca me considero la persona que lo cuidará y que tratará de que sea preservado debidamente por los futuros depositarios.

Es lo menos que se puede hacer con un instrumento en el que, aun hoy se percibe en él, el amor y el agradecimiento con el que fue regalado y el posterior esmero con el que ha sido conservado.

Quedo agradecido, de todo corazón, por la confianza depositada en mi persona y por el honor concedido al cederme desinteresadamente esta joya.

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