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La tragedia de Los Rodeos, Tenerife
Sí, el uso de algoritmos y tecnología avanzada es hoy una pieza central en la investigación de los accidentes de aviación modernos.
No quisiera pecar de insistir una vez más en la tragedia aérea que impactó al mundo. Lo menciono nuevamente con todo mi respeto hacia las asociaciones y organismos dedicados a la investigación de accidentes, porque, de algún modo, esta tragedia se ha convertido en un algoritmo: en un antes y un después que transformó protocolos, comunicaciones y sistemas de seguridad en la aviación mundial.
Estoy convencido de que Jesús de Nazaret estaba allí, porque hubo momentos en que la tragedia pudo haber sido aún mayor.
Cuando llegamos a la escena, uno de los aviones parecía intacto; había pasado por encima del otro aparato tras el impacto. Comenzamos a correr hacia él, esperando que se abrieran las puertas y que iniciara la evacuación. Sin embargo, justo antes de que pudiéramos acercarnos lo suficiente, el avión desapareció en una gran explosión. Si hubiéramos estado unos metros más cerca, muchos de nosotros también habríamos desaparecido.
En el otro avión, los supervivientes se arrastraban por el suelo; algunos caminaban lentamente hacia nosotros. La primera impresión que tuve fue que llevaban una chaqueta similar a la que utilizaba el general Custer en la batalla de Little Bighorn —una “buckskin jacket”—. Después comprendimos que no era una prenda; era su propia piel, gravemente afectada por las quemaduras.
Nunca lo olvidaré. Esa imagen permanece aún hoy grabada en mis pupilas.
¿Qué puedo decir? Solo recordar aquellas palabras:
“En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Cristo).
Como si todo lo ocurrido no fuera suficiente, tras el accidente el aeropuerto quedó cubierto por un espeso manto de niebla durante varios días, algo que jamás había visto antes.
