Cada persona nace con libertad de expresión. Yo escucho opiniones, siempre. Pero eso no significa que deba respetarlas automáticamente. La opinión es libre; el respeto, en cambio, hay que ganarlo.
En este latifundio moderno que son las redes sociales, uno escucha a filósofos improvisados hablar de estrés, ansiedad, depresión o soledad, y ofrecer soluciones rápidas, frases hechas, recetas universales. Sin embargo, casi nunca he oído hablar de la oscuridad.
Recuerdo un momento delicado de mi vida. En la compañía Centennial Airlines, todo el proceso de destrucción del honor de una persona se planificó en la oscuridad. También recuerdo haber solicitado una audiencia con el Presidente de la Comunidad Autónoma: fue en la oscuridad de la noche. Y la decisión de un prestigioso banco mallorquín de cerrar nuestras cuentas bancarias llegó, igualmente, en la oscuridad de la noche.
Mi salud se deterioró en esa oscuridad, hasta el punto de terminar hospitalizado al final de una cena. El tiempo en el hospital fue una oscuridad total: no sabía dónde estaba ni qué ocurría. La frustración más grande era no poder encender siquiera una vela para maldecirla.
Y entonces entendí algo: la oscuridad no puede expulsar la oscuridad, del mismo modo que el odio no puede expulsar al odio.
Lo peor llega cuando esperas el afecto de tus amigos, pero no logras verlos… porque también se esconden en la oscuridad.
