Silencio

Ha sido un año agotador. Viajes, actuaciones y un sinfín de emociones fuertes. Guardo en mi cuerpo demasiadas heridas. Fuera, hay demasiado ruido.

Vivo enfrascada en mis ensayos que absorben toda mi existencia. Repaso y corrijo mis intervenciones para arrancar más sonrisas a mis muy exigentes espectadores. Cada día, me adentro en sus vidas y advierto un escenario abrumador. Experimentan la indisimulada angustia y dolor de sus padres, sufren la separación de lo que hasta entonces era su vida normal, la ausencia del colegio, de su clase, de sus compañeros y amigos. Y, sin embargo, en medio de la tragedia que viven se revelan como lo que son: unos seres especiales, dotados de un aguante y una valentía extraordinarios. Sufren grandes enfermedades, pero no dejan de reír y disfrutar. ¡Qué grandes son!

No he dormido. Una noche más. Mientras me tomo el café decido tomarme un tiempo para mí. Entre sorbo y sorbo resuelvo que, esta vez, mis vacaciones serán algo especial. Pensaré en mí, en mis proyectos, en mi futuro. En mi vida.

He escrito a todos mis amigos. Una llamada de socorro: —Necesito un espacio de silencio. Tengo que rehacerme por dentro. —Déjalo de mi cuenta, me dijo Alex.

Tres días después me llegaron mensajes de WhatsApp: “Cullera (Valencia), Sierra de Mariola (Alicante) y Navas de Riofrío (Segovia). Por ahora es lo que tengo. Una caña y te explico”.

Quedamos esa misma tarde. Cullera y Sierra de Mariola eran similares: meditación, asanas, filosofía yogui en la playa, taichi, yoga, naturaleza y relax.

—¿Y Navas de Riofrío?, le pregunté.

—Son ejercicios espirituales, no sé si te interesan. ¿Estás bautizada?

—Sí, incluso hice la comunión cuando era pequeña. Mi madre insistió, aunque no es religiosa, para que no me quedara apartada del resto de mis compañeras de clase.

—Pues a lo mejor te apetece probar con algo diferente. Traigo los teléfonos y correos de contacto de todos.

Le invité a las cañas y volví a mi casa. Sola. Mi pareja se había ido. Llamé a mi madre para darle las buenas noches, y busqué más información.

Tras la visita de las webs, esa finca retirada del bullicio, llena de árboles, surcos de agua ahora secos y sus veredas para pasear parecía perfecta para la introspección. Seguro que el silencio y la paz me aguardaban entre esas encinas, fresnos y algún sauce llorón de Navas de Riofrío.

Llamé por la mañana, sin pensarlo otra vez. Una breve conversación que saldé con la reserva de una plaza del 1 al 10 de agosto y la transferencia hecha. Esa noche dormí.

La última semana de julio volvió a ser estresante. Estudio, viajes, ensayos y representaciones. El agotamiento mental alcanzaba unas cotas inimaginables, pero pensaba en mi descanso para poder continuar. ¡Y llegó!

En el autobús dudé de mi decisión, aunque era ya un poco tarde.

En la entrada de la residencia, llamada Casa de oración, había una monja. Paseé entre monjas vestidas y otras que lo llevaban escrito en la frente, un matrimonio joven, un chico sudamericano, otro de edad indeterminada y una mujer mayor. ¿Y qué hacía yo entre todos ellos?

Durante la cena, un sacerdote nos comunicó las normas: terminada la cena se impondría la ley del silencio que solo se rompería con tres charlas diarias. Por supuesto, sobre temas religiosos.

Saludé en la mesa en la que me senté. Algunas mujeres se conocían e intercambiaban vivencias. Cuando me retiré a la habitación eran las diez de la noche, deshice mi maleta y me fui a la cama, aunque antes apagué mi móvil. Estaría apagado durante diez días, y contra todo presagio, no lo extrañé ni una sola vez.

Teníamos el desayuno a las nueve y charla a continuación.

A las once de la mañana sospeché en dónde me había metido. Empezaba la introspección en mi vida. Mi existencia iba a destaparse. Qué había sido y qué quería ser en el futuro. Todos los asistentes eran religiosos excepto yo. Ni siquiera había hecho la confirmación. Pero, no me sentí juzgada.

Repasé mi vida: mi madre y mi hermana discapacitada, mi ausente padre, mi pareja huidiza, mis escasos amigos, mis hospitales y mis mejores esperanzas, mis niños espectadores.

Removí mis traumas infantiles, mis desengaños de juventud, esos amores que se me resistieron, los que se frustraron, los que esperé y no llegaron jamás.

Toda mi vida se exponía en un gran tablero luminoso. No quería mirar a nadie. ¿Y si los demás podían ver lo que salía de mis pliegues más ocultos?

Los velos caían uno tras otro hasta quedarme desnuda. La verdad empezaba a asomar resuelta a manifestarse con toda crudeza. Sin tapujos. Sin pudor. Era una espectadora de mi interior. Lo bueno y lo malo, mis virtudes y defectos. Mis aciertos y errores. Y ahí en el fondo estaban reunidas todas mis heridas.

Entraba en la capilla, aunque nunca había entrado antes. Meditaba y reflexionaba. Paseaba continuamente entre los árboles, y después me recogía.

Dormía mejor. Ni el calor ni los mosquitos hacían mella en mi cuerpo. Seguía en paz.

Había ido buscando el silencio y lo encontré.

Y mientras disfrutaba del silencio, oí un susurro. Y fue entonces cuando Él me llamó por mi nombre.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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