El apagón

Después de casarnos prometí a mi marido que bajaría mi nivel de exigencia.

—El trabajo es demasiado importante en tu vida. Mírate, y demuéstrate a ti misma que no lo es tanto, me dijo.

Pasaban los meses y casi todas nuestras broncas, o mejor, todas realmente, seguían girando sobre el mismo tema: —Llegas tarde de la oficina; —Siempre traes trabajo a casa; —Te levantas antes por la reunión; —Ya estás tú con el asunto más importante de la economía internacional…

Hasta yo misma reconocía que vivía con demasiada tensión los últimos meses. Nos exigían unos objetivos imposibles por lo que trabajaba con una presión gigantesca. Descansaba poco y mal. Además, las discusiones con mi marido elevaban mi agotamiento emocional. Todo conducía a lo mismo, un estrés cada vez mayor.

Llevaba días extenuada. Mi maquillaje tapaba a duras penas las ojeras que iba dejando mi creciente ansiedad.

El fin de semana mi marido volvió a la carga. Asentí, tenía razón. Debo conseguirlo de una vez por todas, me dije. La semana que iba a empezar sería diferente. —Te doy mi palabra, le dije antes de salir el lunes.

Llegué a la oficina a las ocho. Tomé el ascensor y subí al piso 38 de la Torre Picasso. Todo iba bien. Me sentía mejor. A las doce tenía que bajar a la planta 22 porque teníamos “la reunión”. Era la más importante desde que me incorporé a la empresa. Salí con cinco minutos de adelanto. Lo estaba haciendo fenomenal. Tomaba los asuntos con calma y tiempo suficiente por primera vez en mi ejercicio profesional. Cogí el ascensor. Al entrar pensé que a cualquier hora que los cojas siempre van llenos.

Paramos en el piso 36, en donde entraron tres personas más, y seguimos nuestra bajada. Íbamos por el 34, y de pronto, el ascensor se paró en seco. Inmediatamente se apagaron las luces.

Y sin mediar unos segundos empezaron las bromas: —¿Alguien tiene claustrofobia? —¿Vértigo?

¿Os habéis quedado mudos?

La mayoría callaron y alguno murmuró sin mucha convicción que no. Abiertamente me pronuncié: —Por ahora, no. Sería una sorpresa. He hecho “puenting” y no diré que no sentí nada, pero repetí dos veces más.

Y al terminar de hablar, de forma súbita fui consciente de mi estrés. Todo lo acumulado parecía salir atropelladamente. Comencé a sentir un cosquilleo acelerado en todos mis dedos. Después, sudor. Un sudor tan intenso que mi frente se empapó primero, después el resto de la cara, el cuello, mis manos, mi pecho y mis axilas. Uno de los que iban en el ascensor encendió la linterna de su móvil y recorría nuestros rostros. —Tranquila, me dijo cuando vio como el color de mi cara se desvanecía. —El ascensor está refrigerado todavía. Relájese y ya verá cómo se le pasa todo enseguida. —En este edificio hay grupo electrógeno y la luz volverá pronto, añadió otro pasajero.

Formaron un corro a mi alrededor. La linterna me iluminaba. Qué tonta estoy, pensé; he desayunado como siempre. Habré dormido mal, me justifiqué.

Pero, las palpitaciones y el sudor fueron solo el principio.

A continuación, llegaron las palpitaciones y las sacudidas. No era capaz de controlar los temblores. Y, además, ahora no podía respirar. El aire se me quedaba arriba, no bajaba hasta los pulmones. La glotis se me cerraba. No era capaz de tragar, ni siquiera mi propia saliva.

Todos intentaban ayudarme. Me sentaron en el suelo del ascensor. Utilizaron los papeles como abanico para darme aire.

Y ya en el suelo comenzó el dolor. Un terrible dolor torácico comprimió mi ya maltrecho pecho. Sentí como si me atravesaran el corazón con un punzón. El dolor me hizo gritar. Entonces, alguien respondió a mi grito: —¡Puede ser un infarto! Ayúdame, vamos a quitarle la ropa que le apriete el pecho. Por favor, desabróchele el sujetador. Y después, la dejamos con la cabeza algo elevada. Pongamos el bolso y su chaqueta debajo de la cabeza. —Muévanse todos a un lado, por favor. —¿Alguien sabe hacer una RCP? —¿Qué es eso?, preguntó una señora. —Una reanimación cardiopulmonar. —¿Alguien tiene línea telefónica? —No, no, seguimos incomunicados.

Cuando creí que esto había acabado empecé a marearme. Un aturdimiento terrible. Estaba tumbada, pero creí que me iba a desmayar. —Todo me da vueltas, dije con un hilo de voz. La tripa me sonaba y tenía retortijones. Y, ahora, el sudor se transformaba en escalofríos.

Todos los pasajeros del ascensor me miraban con pena y cuchicheaban. —Es una chica joven, muy joven. —Pobrecilla. —En breve, volverá la luz y podremos llamar a una ambulancia.

La luz tardaría más de quince horas en volver, pero, por suerte, el grupo electrógeno comenzó a funcionar quince minutos después. Para entonces, era mi ataque de pánico el que se apagaba.

Al cabo terminaba aquella pesadilla. Volví a casa zarandeada después de un episodio extremo de estrés. El apagón que dejó a España sumida en un desconcierto absoluto representó una de las imágenes más luminosas de mi vida.

Las circunstancias habían decidido por mí. Estaba decidida. El orden de mis prioridades, por fin, cambiaría.

 

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