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Cosas veredes

Mi apariencia, mi belleza exótica, mi espectacular figura, mi acento, pero especialmente mi dinero me abrió las puertas de la alta sociedad de Madrid. La sociedad española de primeros de siglo era anticuada. Me pareció arcaica y vetusta. Primitiva.

Mucho más abierta y liberal aquella de la que procedía. Los baúles traídos de ultramar llegaron después de nuestra llegada. Habíamos atracado en Barcelona tres días antes mi dama de compañía y dos sirvientas que viajaron con nosotras, y desde allí a la capital.

Nos instalamos en el piso de 800 m² del número tres de la calle Ayala. Los salones estaban preparados para recibir a los muchos amigos que enseguida tendría.

¡Qué fácil y entretenida es la vida con mucho dinero! Llevaba solo tres meses y todos me adoraban. Mi vida en Madrid era divertidísima. Transitaba de fiesta en fiesta.

Mis amigas luchaban por ser más íntimas que las otras. Y ¿ellos?, ellos se ponían a la cola para pretenderme.

Nunca hablaba del pasado. Y ese halo de misterio añadía un atractivo más a mi personalidad. Mi pasado enigmático se sumaba a mis encantos.

Tras una dura selección elegí al hombre con el que quería compartir mi vida. La boda fue un acontecimiento social sin precedentes en un Madrid intranquilo, revuelto y agitado políticamente. Tras un viaje de novios de tres meses de duración en el que recorrimos todas las capitales de la vieja Europa, regresamos a nuestro hogar. Nada podía empañar nuestra felicidad.

Reacomodamos mi casa. Mi personal de servicio se sumó al de mi marido, el duque del Almirantazgo, y yo ahora, la duquesa. Nuestra posición demandaba más ceremonial. Con la celebración del primer año de nuestra boda, recibíamos un heredero. Un varón que sería el décimo quinto duque del Almirantazgo. Empezaba el año 31 y las cosas cambiarían de forma radical por un golpe del destino.

A mediados del mes de enero, un hombre vestido con un traje viejo y desgastado llamó a la puerta de nuestra casa. Eran las 12:30 de la mañana.

—¿Se encuentra en casa el señor duque? —No, respondió la doncella. Salió a montar a caballo.

—Quiere Vd. dejar algún recado. —Si estuviera su esposa, la señora duquesa, me gustaría hablar con ella. —Pase Vd. a esta sala. ¿A quién anuncio? —Dígale que soy un viejo conocido suyo, gracias. —Está bien, señor. Tome asiento.

La doncella me anunció una visita. Entré en la salita. —Nunca había visto a este hombre, pensé.

Pese a todo, me senté. —Buenos días caballero, soy la señora duquesa, ¿en qué puedo servirle? —Buenos días, señora. Verá, tengo el deber de transmitirle una trágica noticia.

Hizo un alto y continuó: —A través de la embajada del país hermano de México nos llegó un cable. En la ciudad de Monterrey, que creo Vd. conoce, llegaron hace seis años los señores de Ojeda y Martínez de Calcerrada.

Tras mirarme, continuó: —Don Alonso de Ojeda era “muy hombre” ya me entiende, y su mujer estaba acostumbrada a hacer la vista gorda con su comportamiento, no siempre moral conforme a nuestra religión. Pues bien, un día le sorprendió con una chica muy joven, guapa y distinguida, que hacía las veces de su primera doncella. Entonces, doña Leonor decidió prescindir de ella, aún a sabiendas de que la chica no había hecho nada malo. A los pocos días el matrimonio desapareció. Volvió a tomar aire: —Todos creyeron que habían regresado a España para poner tierra por medio a tan feo asunto. Sin embargo, hace tres meses, el nuevo casero haciendo labores de campo encontró dos cadáveres. Por sus ropas y joyas, la policía les identificó. En la investigación que seguimos nosotros, averiguamos que una mujer joven falsificó la escritura de una adopción por parte de los señores de Ojeda y Martínez de Calcerrada, y gracias a esa suplantación se hizo con todos sus bienes en España. —Esa, y no otra, es la razón que me ha traído hasta aquí. ¿Vd. me temo, sabe de qué estoy hablando? —Le ruego se vaya de inmediato de mi casa. Creo que ya he aguantado bastante, le contesté airadamente. —Si el señor duque se enterara de las insinuaciones infamantes pronunciadas en su propia casa le echaría, no solo de nuestro hogar sino también de la policía. —Váyase, se lo ruego. La doncella le acompañará hasta la puerta.

Cuando llegó mi marido le oculté la visita y la conversación.

El 14 de abril, proclamada la República, volvieron a llamar a nuestra casa. Vinieron dos jefes de policía. Traían una orden de arresto y me acusaban de haber matado al matrimonio de Ojeda y Martínez de Calcerrada, de falsificación de documentos, de apropiación indebida de bienes, suplantación de identidad y de utilización de nombre supuesto. La lista de delitos era interminable. Mi marido oyó anonadado a los dos jefes de policía mientras que yo, ajena a todo lo que sucedía, desayunaba en una salita en la que asomaba un sol luminoso, chispeante y ardiente. La primavera entraba con fuerza por el ventanal.

La doncella me invitó a ir a la sala donde se encontraba mi esposo. Al entrar me sorprendió su cara demacrada y desmejorada. El desasosiego y la tribulación se habían apoderado de él. Estaba descompuesto: —¿Qué te pasa?, le pregunté con suavidad, y continué: —Estaba oyendo las noticias en la radio. Acaban de proclamar la república, la segunda república. ¿Crees que nos privarán de nuestros títulos y propiedades?

Mi marido, solemnemente puesto en pie, tomó la palabra y dijo con pena: —Su Majestad el Rey ha decidido marcharse de España. Después añadió con complacencia y satisfacción: —Gracias al cielo, no todas las noticias son aciagas en el día de hoy. El gobierno respetará mis títulos nobiliarios y mis propiedades. Volvió a detenerse y terminó: —Francamente cariño, creo que para ti la proclamación de la república es ahora el menor de tus problemas. Estos señores han venido a detenerte. Adiós, querida.

Mirándome por última vez, se marchó a su despacho.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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