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Parábola de los podencos

¡Qué grata sorpresa nos hemos llevado todos aquellos que continuamos sufriendo el desánimo de nuestros paisanos de La Palma al comprobar que, excepto uno, los perros no abandonados ni a propósito ni a su suerte por sus dueños, han sido por fin rescatados con la máxima discreción y con vida al amparo de la noche isleña y gracias a la baja temperatura de la lava circundante a la casita de la que hubieron de huir a toda prisa el día de su desgracia personal!

Quizás el gesto del rescate llevado a cabo a hurtadillas haya podido ser mal interpretado por aquellos otros jóvenes que arriesgaron su tiempo y seguramente también su dinero para desplazarse desde Galicia para tratar, por medio de drones, rescatar con vida a los podencos en cuestión, pero me atrevo a asegurar que esa no fue la intención de sus propietarios.

En mi opinión todo el suceso parece ser el argumento de una parábola llevada a cabo con el máximo sigilo y la mayor eficacia si cabe, lo que nos plantea que las acertadas decisiones tomadas ante una emergencia de estas características obtienen un resultado favorable para todos sus sufridores. En tal sentido es lógico pensar que los palmeros damnificados por el capricho de la naturaleza, empiecen a recibir con la misma eficacia y celeridad las ayudas prometidas por el Estado que tanto necesitan las víctimas para poder rehacer sus vidas.

Con su acción premeditada, los propietarios de los rescatados podencos han puesto en ridículo al Gobierno al saltarse por su cuenta y riesgo todos los controles de seguridad que si bien estaban destinados en favor de las personas, no así de los animales desamparados en una azotea a pleno sol y al albur de una temperatura circundante con la que ellos no contaban.

El gobierno de Sánchez tendrá ésta vez que mover ficha con precisión si lo que desea es contrarrestar el jaque dado por unos anónimos palmeros que con su ejemplo han cogido al toro de sus desdichas por los cuernos para acabar con la agónica situación que venían sufriendo sus perros desde que sus propietarios fueran obligados a abandonar su propia casa por los motivos que ya todos conocemos. Antes, sin embargo, tuvieron la osadía y honestidad suficiente como para hacer saber a las autoridades y medios de comunicación, mediante un enorme cartel colgado de la pared, que ya habían resuelto el grave problema planteado con precisa eficacia y discreción.

¡Así se hacen las cosas!

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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