Durante mi niñez, algunas vecinas de mi familia y entre ellas también mi madre, siempre sospecharon de la maternidad biológica de doña Carmen Polo respecto de la que por entonces parecía ser su única hija. Y es que la esposa del Caudillo, por lo que se supo entonces, nunca fue vista en estado de gracia. Bien es cierto que de haber alumbrado, tuvo que haber sido bastante antes del golpe de estado perpetrado por su marido y que el NODO, noticiario documental de la época, llegado con la dictadura, tampoco se hizo nunca eco del supuesto parto de la que, a la sazón, denominaban “La collares”, por su extremada inclinación a lucir perlas de hasta tres vueltas en torno al cuello.
De manera que la opinión pública de entonces y sobre todo las mujeres se encontraban en la necesidad de saber si doña Carmen Polo era estéril o si, por el contrario, como también sospechaban otros, el general era impotente. Alguien de nuestro entorno llegó a deducir que la consecuencia de una posible adopción habría sido culpa de la frigidez por parte de ella y el resultado de un balazo recibido en la entrepierna por parte de él.
En cualquier caso, el contenido de las viejas cintas de audio que han salido a la luz, no vienen sino a confirmar lo que ya entonces se sospechaba, independientemente del valor psicoanalítico que aportan sobre la figura de Francisco Franco sobre la remota supuesta posibilidad de que este pudiera haber sido homosexual.
La frialdad con la que el caudillo firmaba sentencias de muerte demuestra, según los expertos, un complejo de inferioridad que no ha podido ser estudiado en profundidad, dado el hermetismo que ha rodeado siempre a su vida privada en su etapa de adulto. De su infancia ya se conoce lo suficiente como para empezar a dar crédito a ésta cercana hipótesis.
Sin embargo, a mucha gente y a mí en particular, su condición sexual no fue motivo ni siquiera de discusión, como tampoco lo fue su aflautada voz ni su escasa estatura. Mi dolor, como el de otros muchos, fue su sangrienta capacidad para levantarse en armas contra todos aquellos para los que la república representaba lo que pudo haber sido y no fue por culpa de la desmesurada ambición de quién llegó a sentirse el Salvador de la España que para él encarnaba su hermano Ramón, a quién nunca le perdonó vivir con el descaro que promete la libertad individual, sin traspasar los límites que la moral permite. Y así encontró la muerte, a bordo de su avión en un trágico y sospechoso accidente.
Luego vinieron los cuarenta años de la dictadura de la que hoy, algunos miles de nostálgicos, echan tanto de menos porque aún siguen creyendo que con Franco se vivía mejor.
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Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
