lunes, febrero 2, 2026
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Valiente determinación

Mis amigas Wasima, Zahra y yo íbamos al colegio en la provincia de Jalalabad. Para Razia, nuestra profesora, era su último curso, y nos animaba a aprender porque nuestros estudios terminaban al cumplir los doce años. La educación secundaria y universitaria nos estaban vedadas, eran solo para hombres.

Todas las escuelas femeninas estaban sometidas a una estrecha vigilancia de la policía religiosa. Nuestro escuadrón anti-vicio lo formaban Shahnaz y Pashtana, y lo reforzaron con Muhammad. Exigían la sharía, nuestra ley, y vigilaban nuestras vestimentas midiendo con rigor nuestras ropas.

Siempre gritaban y nos amenazaban: —Cerraremos los colegios. —¿Por qué?, le preguntábamos a Razia. Y ella respondía: —Tendremos que estudiar mejor la sharía.

Nuestras hermanas mayores no iban al colegio y ayudaban a nuestras madres. Colaboraban en las tareas del hogar hasta que las obligaban a casarse.

Fariba, la hermana mayor de Zahra, estaba casada. En sus visitas a casa de su madre se lamentaba: —Desde ahora solo podremos ver con un ojo cuando vayamos por la calle. Si desoímos la prohibición de taparnos uno de los ojos nos castigarán con la pena de muerte. No es justo, madre.

La opacidad del burka solo se rompía a la altura de los ojos con unas celdillas. Ahora, la visión se constreñía más para reducir el indigno pecado de las mujeres. Su madre le ayudó a tapar las celdillas, e intentó calmarla. —No puedes oponerte, es la ley.

Cuando Zahra nos lo contó, añadía con rabia que su hermana era rebelde, aunque no encontraba apoyo para su insurgencia. Solo animaba a Zahra a encontrar la fuerza que ella no tenía. Razia nos asombró al intentar justificar la ley. —Es la ley, y ha de cumplirse. Sus palabras no nos convencían; la habíamos visto llorar a escondidas dándose golpes en el pecho.

A pesar de ser nuestro último curso Zahra faltó dos días. Fariba había muerto. Su marido Ahmad la denunció ante su padre. Ahmad relató con los ojos enrojecidos cómo su joven mujer valiéndose de sus malas artes había seducido y engatusado a un hombre viejo, a su padre Hussein. Él confirmaba. Merecía la muerte, era la ley. Su propio padre, asintió.

Todos los hombres fueron invitados a cumplir la ley. No había mejor contribución al país.

El día señalado, la condenada abría el recorrido. Detrás de la nefanda, tres hombres: su padre y sus acusadores, su marido y su suegro. La comitiva sumaba adeptos. Los hombres salían de sus viviendas y se unían para reparar el honor. Algunas mujeres la increpaban a su paso, insultándola y escupiéndola.

A las afueras de la aldea, el marido tenía el privilegio de arrebatarle los vestidos que la cubrían para hacerla digna. Tras varios jirones de ropa, Fariba quedó desnuda ante la multitud. Ahmad retrocedió, se agachó y le entregó al padre de su mujer una piedra. Ahora, era su propio padre el que tenía la prerrogativa de acabar con el deshonor que su hija había causado a su familia. Con furia y cargado de indignación le arrojó la primera piedra. Su lanzamiento causó un tremendo ruido impactando contra la cabeza de la joven que quedó inmóvil tras la percusión.

Su marido, satisfecho con el primer tiro, lanzó la siguiente piedra y, a continuación, lo hicieron Hussein y los cientos de hombres congregados. Un sinnúmero de piedras caía sobre la mujer hasta acabar con su vida. Volvían contentos tras haber cumplido la ley.

Zahra no pudo salir de casa. Su madre entre lágrimas le explicó: —Es la ley y hay que acatarla, aunque tu hermana fue una víctima de Hussein. Llevaba tiempo acosándola, y ella le rehuía aterrorizada. Aprende Zahra, le suplicó abrazándola. No permitas que te suceda a ti lo mismo.

Zahra volvió al colegio, pero solo lloraba. Permanecía ausente. La dulzura de su mirada y la ingenuidad de sus palabras se transformaron en rencor y odio. El mutismo también se apoderó de nuestras vidas. No reíamos, ni jugábamos. Hasta Razia perdió su alegría y apenas nos hablaba. Un día nos dijo: —Quedaos unos minutos después de clase.

Y entonces nos sorprendió ¡con un plan de fuga! Un largo paso de 130 km conectaba nuestro pueblo con Peshawar, en Pakistán. Había planificado nuestra huida. Debíamos sopesar los peligros que nos aguardaban antes de decidir. Vestiríamos un burka con la vista limitada a un solo ojo, y aprovecharíamos a llevar bajo el ropaje algo de comida y bebida. —Necesitaremos mucha suerte, pero el espíritu de Fariba nos acompañará.

Nadie debería saberlo, ni siquiera nuestras madres. Era nuestro secreto.

Un luminoso día, cerca de fin de curso, emprendimos nuestro éxodo con Razia. Nuestras vidas estaban en juego, pero el futuro de nuestra existencia carecía de sentido.

El mundo podía ser nuestro; solo ciento treinta amenazadores e inquietantes kilómetros nos separaban de la libertad.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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