Es el mejor plan del día. En realidad, casi el único
Todas ansiamos el momento y lo estiramos cuanto podemos. Cada mañana quedamos en el supermercado a las doce en punto. ¿Qué otras cosas pueden hacer seis amigas de ochenta y cinco a noventa y tres años?
Nos han recomendado salir todos los días. Salimos a comprar el pan y alguna cosa más que sea imprescindible para hacer la comida.
Era noviembre y a los supermercados había llegado ya la Navidad. Los escaparates estaban preciosos, rebosantes de exquisitos y deliciosos productos. Las luces y los adornos invitaban a entrar. Una razón más para pasar parte de la mañana en el súper y conversar entre pasillo y pasillo. Parada en la frutería, en la carnicería, en la pescadería, en la charcutería. Entre parada y parada hablábamos de lo qué llevaríamos de regalo a casa de nuestros hijos en Nochebuena y Navidad. Menos mal que no podíamos llevar mucho peso. Otra razón más para ir todos los días y hacer alguna compra.
—Qué caro está todo, ¿verdad?, me decía una amiga. —Todo sube, le respondí. —Y, lo que es peor, la luz, el gas… no se puede encender una luz, ni tampoco poner la calefacción. Qué lástima no vivir en el Caribe. Quizá podríamos hacerlo en la siguiente reencarnación. Nos reímos y nos despedimos hasta el día siguiente.
Al volver a casa ordené la compra y empecé a hacer la comida.
Apenas había colocado todo, sonó el timbre. Al abrir, dos hombres vestidos con traje azul y con un bordado grande en sus chaquetas se identificaron como trabajadores de la compañía de gas. —No les llamé, les aclaré. —No, señora. Venimos sin previo aviso. Queremos explicarle como ahorrar en su factura. La compañía quiere sumarse a la campaña de acción social a favor de las personas mayores y, en especial de todos los vulnerables. No se ofenda Vd., señora. Tiene muy buen aspecto. No creo que haya cumplido ni los setenta años.
¡Ni que nos hubieran oído a mis amigas y a mí quejarnos hoy de la carestía de la vida!, pensé. Querían enseñarme un pequeño aparato de treinta euros para reducir el coste de la factura manteniendo la temperatura de nuestra vivienda. —Si no les parece mal, vengan mañana que estará mi marido. Ahora estoy sola y estaba haciendo la comida, insistí de nuevo. —No se preocupe, señora. Es cuestión de minutos. Le dejamos la documentación y el aparato para que así su marido y usted puedan examinarlo con detenimiento y regresamos cuando usted nos indique. —Solo serán unos minutos, insistió el otro.
Les hice pasar al cuarto de estar. —Denme los papeles y el aparato y se los daré a mi marido. —Perdone señora, con su permiso voy a la cocina un instante para ver el contador. Tiene que ser de los nuevos para acoplar el aparato que le traemos. Al hacer el ademán para levantarme, me dijo: —Usted, quédese aquí con mi compañero… ¿por el pasillo…? ¿a mano derecha…? —Sí, ahí está.
Tardaba, y el compañero no paraba de hacerme preguntas: —¿Cuánto pagan al mes? La cocina ¿es de gas?, ¿el calentador de agua? —Menos la cocina que es eléctrica, todo es de gas, pero mire, prefiero que vuelvan mañana que estará mi marido. —Un segundo, me interrumpió. Calculo que su vivienda medirá alrededor de cien metros cuadrados. Pues con este aparato en vez de gastar de 6.000 a 8.000 kWh cada mes, gastará como mucho 4.000 o 4.500 kWh. Como ve, sus facturas se reducirán casi en un cincuenta por ciento.
—¿Dónde está su compañero?, pregunté. Y al verbalizar mi inquietud fui consciente de lo que estaba pasando. Estaba atrapada en mi propia casa, en mi guarida. En mi ámbito más privado. Mi refugio había dejado de serlo.
Mi reducto particular había quedado sin protección, sin el amparo debido. Estaba al descubierto. Al azote de los enemigos, de los ladrones que estaban dentro… y conmigo. Estaba sola y con dos hombres. Si quieren me tiran al suelo y con un empujón me quitan de encima. No tengo salida, pensé.
Pero, había sido yo quién había abierto la caja de los truenos.
Yo, les había abierto la puerta. Yo, les había invitado a entrar. Yo, les había permitido sentarse en mi cuarto de estar.
Y ahora ¿qué debo hacer? Tengo que disimular. No pueden saber que sospecho de ellos. No pueden saber que el miedo se ha apoderado de mí. Un enfrentamiento con ellos es impensable. Son dos hombres fuertes. ¿Y si ahora entra mi marido? Por Dios, que no venga tan pronto. Espero que se entretenga. Seguro que intenta defenderme y sería todavía peor.
Debo mantener la calma. Debo pensar y deprisa. Actuar con cautela.
Y, sin querer mirar por dónde andaba el compinche, supe que entraba en mi dormitorio. Oí el ruido de las puertas, las de los armarios… Lo está revolviéndolo todo. Busca mis joyas, localizará el dinero de las pensiones que sacamos a principio de mes, rebuscará cualquier cosa de valor…
Tengo que serenarme. Permanecer aparentemente tranquila. Que no sospechen que lo sé.
—Bueno, dije mirando el reloj, si no tienen más papeles que darme. No se preocupen que cuando venga mi marido, que está a punto de llegar, le doy los papeles. Y añadí: —¿Qué día es hoy, joven? —Martes, contestó. —Ah, claro, pues hoy viene con mi hijo, inventé con convicción. Tengo dos hijos, ¿sabe usted? Él es policía, y ella es abogada. Me cortó y gritó al de la cocina: —¡Vámonos! El compañero volvió rápido con una gran bolsa. —Vengan ustedes mañana a la misma hora, les dije tranquila. —Claro, señora, volveremos si tenemos hueco en la agenda. Muchas gracias, y hasta otro día.
Cuando cerré la puerta, pasé el cerrojo. Me senté en el sofá del cuarto de estar y me puse a llorar. Sabía que habían robado todo lo que tenía, pero había salvado la vida.
Había aprendido una importante lección. A pesar de mi edad, no volvería a hablar de planes, ni de lo que pensaba en ningún sitio público. Con los ojos llenos de lágrimas recordé lo que decía mi madre cuando era pequeña: —Niña, las paredes oyen.
Doctora en Derecho.
Licenciada en Periodismo
Diplomada en Criminología y Empresariales
