Lo del obispo de Solsona, clama al cielo, pero no porque se haya enamorado de una persona de las características profesionales de su amada sino porque un clérigo de su categoría religiosa, según la opinión de otros miembros de su iglesia, se haya dejado sorprender y seducir tan fácilmente por el maligno, además de haber conseguido, sin mayor dificultad, poseerle en cuerpo y alma a pesar de su probada condición de exorcista oficial de la Iglesia Católica.
No quiero parecer en absoluto machista cuando, nunca mejor que ahora, me viene a la memoria aquel refrán castellano-rural aplicable al caso que nos ocupa: “Pueden mas dos tetas que dos carretas”. Ya suponemos que el compromiso del celibato en tal alto dignatario eclesiástico no ha podido soportar de por vida la influencia ejercida por el demonio en este caso, máxime cuando la elegida por su Ilustrísima parece ser una destacada escritora de literatura erótica, además de ser también una rigurosa estudiosa de distintos ritos satánicos con los que hubiera podido abducir a tan alto dignatario.
Si tan difícil parece creer, y hablo por mi propia experiencia personal, en la existencia de Dios, no lo parece tanto, sin embargo, hacerlo en la del diablo, quién, al parecer, hace poco ha tenido la diabólica ocasión de pasearse a sus anchas por tierras de Afganistán, ayudando a los recalcitrantes talibanes a acceder por la fuerza al poder o recomendando, entre otras muchas otras catástrofes terrenales, los graves terremotos en Méjico o la devastadora Dana en nuestro propio país y, para más Inri y por si fuera poco, su despiadada responsabilidad manifiesta en expandir a nivel mundial algo tan sumamente grave y devastador como ha sido la pandemia ocasionada por la Covid-19 y que tantas muertes se ha cobrado.
Bien sabemos todos el papel que ha venido desempeñando la Iglesia en cuanto, según su propio criterio, al grado de libertad al que debería estar sometida toda mujer que se precie serlo dentro de una sociedad moderna como la de este siglo, sin menoscabo de su participación espiritual como católica practicante. Y ello se contradice con el alcance de los derechos que, para sí mismas y durante años, han logrado conseguir ellas al amparo de cualquier democracia que se precie, independientemente del rigor de sus propios postulados como creyentes.
Llegados a este punto y sin abandonar el impacto mediático que ha tenido la decisión tomada por el señor Obispo de Solsona, ¿Cabe preguntarse si habremos de estudiar Teología para entender que es precisamente la oscura presencia del maligno entre todos nosotros lo que pueda justificar que por ello debamos creer en la existencia de un Dios Todopoderoso que, sin embargo, permite tamañas calamidades llevadas a cabo por tan siniestro personaje? Si acaso fuera así, no me extraña en absoluto la decisión tomada por su Ilustrísima en querer abandonar los hábitos definitivamente.
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Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
