Empezaba el mes de junio y con él la temporada de lluvias. Las esperábamos con ilusión porque el agua es fuente de vida. Agua que es más imperiosa y anhelada en la región de Tombuctú, una de las zonas más áridas y calurosas de Malí.
Y llegó el primer temporal. Y detrás vinieron otros. La ansiada y siempre deseada lluvia se convirtió de pronto en nuestro peor enemigo.
Los aguaceros dejaron una huella mortífera. Perdimos la vida de 75 de los nuestros, dejando 148 heridos. Según nuestras Autoridades 250.000 personas quedaron afectadas por las inundaciones.
Los incesantes y persistentes diluvios luchaban abiertamente con nosotros que éramos quienes les habíamos invocado, un enemigo poderoso y criminal que anegó nuestras depauperadas tierras.
Las extenuadas fuerzas de una pobre población castigada por la extrema pobreza se desvanecían.
Cuando por fin dejó de llover, nos sentimos inundados de miseria, angustia y desolación. Inmersos en medio de una catástrofe inabarcable.
Ahogados en el abismo. Sumergidos en una inmensa tragedia. Sumidos en la devastación. Nuestras endebles viviendas fueron arrastradas por las riadas. Ninguna había quedado en pie. Nuestros campos anegados hundieron para siempre nuestros cultivos y nuestro infortunado futuro. Pasaríamos más hambre.
Mirábamos al cielo implorando ayuda. Pero quién puede acordarse de una pequeña región dentro de un país situado en medio de la paupérrima África.
Y horas después de las destructoras trombas llegaron a nuestra aldea unos hombres vestidos de color verde. Los sabios de la aldea nos dijeron que eran militares españoles. Sabíamos de España porque muchos de nuestros jóvenes se dirigen allí dejando nuestro país en busca de una vida mejor.
Pero ellos, que son ricos, habían venido a ayudarnos.
Estuvieron semanas. Organizaron y levantaron nuevos hogares. Limpiaron y retiraron los arrastres del agua. Despejaron los campos para poder trabajarlos. Limpiaron la mezquita. Llevaron alimentos y bebidas para asistir a la población.
Los malienses despidieron a los militares españoles con infinito agradecimiento. Más de una lágrima sincera y emocionada se derramó sin poder reprimirlas ante tanto honor como habían recibido. No habían venido a buscar nada. Vinieron con las manos llenas. Nos regalaron comida y bebida. Y, sobre todo, nos regalaron parte de sus vidas. Su ingente esfuerzo, dedicación y trabajo.
Pasaron semanas y meses hasta que antes de que el mes de octubre terminase volvieran a llegar noticias de España. Habían sufrido unas terribles inundaciones. Ese país amigo que había acudido a nuestro auxilio. Ese pueblo que nos había enviado los súper hombres vestidos de verde para socorrernos. Aquellos que nos asistieron generosamente. Ahora eran ellos los que sufrían y padecían.
Nos reunimos. Haríamos una colecta en nuestro territorio. Después de una semana con todo el dinero acumulado acudimos a las Autoridades para su envío a España por vía diplomática.
Días después en España varias personas trabajaban sin descanso contabilizando cantidades inmensas de dinero. Personas e instituciones hacían sus donaciones a los miles de damnificados por las riadas. Los donativos se iban sumando procedentes de todos los rincones de España y desde muchos lugares del extranjero. La cifra se incrementaba a grandes saltos. Se elevaba sin parar gracias a la generosidad de tantos.
La persona que abrió el sobre de Tombuctú se quedó blanca. Paralizada tras leer cómo se había obtenido la cantidad enviada y la participación de todas las personas que habían colaborado para alcanzar la cifra.
Los compañeros que compartían la tarea le urgían para seguir trabajando, pero ella se disculpó. Estaba emocionada.
Dentro del sobre había cincuenta euros procedentes de una gran región de Malí. Un territorio grande, pero inmensamente pobre. Aquello que tenía entre manos era una fortuna, un verdadero tesoro y había tenido la suerte de acariciarlo. Era difícil recibir un donativo tan valioso.
Doctora en Derecho.
Licenciada en Periodismo
Diplomada en Criminología y Empresariales
