Paco Rojas, el que fue último jefe de talleres de La Tarde, falleció hoy. Llevaba años enfermo, pero a sus 79 luchaba como un jabato para mantenerse con vida. Y lo logró. Su hijo Quique, el pequeño de los tres, me llamó para comunicarme la muy triste noticia, por encargo de su madre, Geli, una gran mujer. Todavía recuerdo la cara de críos de los dos, de Paco y de Geli, el día de su boda, allá en la noche de los tiempos. Paco consiguió ese día emborrachar a la plantilla completa del periódico. Sustituyó a Guillermo Salazar como jefe de talleres, promocionado por Jorge Zurita y por mí ante los propietarios del vespertino. La historia de La Tarde se compone de pequeños detalles. Hace un par de años Paco me llamó: “Cuando me funcione la cabeza de titanio que me han puesto, te llamo y nos vamos a comer por ahí y a echarnos un vaso de vino”. Sufrió un tumor y, según me contó su hijo, le daban los médicos un año de vida, pero vivió dos y con buena calidad. Me alegro mucho porque Paco Rojas, que era un crack manejando las galeradas de plomo, se merecía lo mejor. Se crio así, entre el plomo y la humacera del taller, algunos sorbos de leche para mitigar sus efectos y unas manos prodigiosas para componer las planas de aquel periódico que intentamos innovar. Fue el precursor del nyloprint, que era un híbrido del plomo y el plástico y que duró poco. Paco nunca se equivocaba. Y aún tenía tiempo para corregir los disparates de Tinerfe, Pepe Pamplinas y el propio Guillermo. Hay un testigo de excepción de lo que digo, otro de los supervivientes: Rafael Lutzardo, el penúltimo mohicano de aquel periódico de locos pero que, sin embargo, salía todos los días con una dignidad extraordinaria. Un periódico lleno de profesionales, la Vieja Vesperta, como lo bautizó Joaquín Reguero. Paco Rojas era un innovador y se pasó la vida enamorado de su mujer, la extraordinaria Geli, creó una familia y aún le dio tiempo de ver nacer a su última nieta. Nos vamos quedando solos, se van yendo los amigos y es verdad eso de que cuando un amigo se va/algo se queda en el alma. Este, desde luego, lo fue para toda la vida y era, además, un gran profesional y una persona decente. Como el periodismo no le pudo dar más, porque cambió todo, Paco montó un supermercado. Y le fue bien. Porque la gente que trabaja y que es honesta cae bien en cualquier parte. Lo mismo entre plomo y plástico que entre latas de sardinas. Un abrazo, amigo.

