De haber sido ahora, aquel día en La Cuesta hubiera amanecido antes. La clase trabajadora hubiera dormido una hora más y don Luis «el cura» hubiera oficiado su primera misa también una hora más tarde. Sin embargo a don Luis «el médico» le era completamente indiferente el cambio de horario solar porque ni siquiera aún se había acostado. Se encontraba de amanecida frente a la barra del bar de Juanito, bebido como de costumbre, fuera de servicio, sin su inseparable fonendoscopio con el que auscultar ésta vez a la media docena de parroquianos que se habían dado cita en el bar para que les recetara medicamentos baratos, escritos sus nombres sobre servilletas de papel. Debía de ser domingo porque las campanas de la Iglesia repicaban sin cesar y las farmacias permanecían cerradas.
El médico se había hecho acompañar de dos adláteres, tan borrachos como él y que constantemente le rendían pleitesía ante sendos medios güisquis con los que habían sido invitados y con la benevolencia de quienes saben que la cosa no terminaría sólo en eso. En un momento dado, don Luis introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y extrajo pausadamente una estrecha y delicada cintita de satén rojo y, -dirigiéndose al resto de clientes allí congregados-, anunció una nueva y descabellada sorpresa. Antes de decidirse a revelarla, se desabrochó ante la parroquia la bragueta y de la entrepierna sacó a la luz pública el motivo de tanto misterio por resolver. Le rogó a uno de sus dos invitados que rodeara su miembro con la cinta y lo rematara por la parte superior con un gracioso y diminuto lacito. Acto seguido reveló que acudiría hasta la Sede Parroquial para que don Luis «el cura» en persona le bautizara la pinga; así podría joder siempre que le viniera en gana en auténtico estado de gracia.
Salieron tambaleándose los tres del bar. Don Luis «el médico» en el centro, la bragueta desabrochada, con el miembro adornado pendulando por entre la abertura que dejaban los faldones de la camisa blanca. A sus costados le sujetaban por los brazos los otros dos mientras, calle abajo, se alejaban cantando al unísono unos versos que durante la noche anterior probablemente habrían estado ensayando hasta el amanecer.
¡¡Toma el badajo, y vete al carajo!!
Bautízame la pinga, tocayo
Que si yo soy el rey
Tú sólo eres mi lacayo
¡¡Toma el badajo y vete al carajo!!
Así les vieron perderse a lo lejos, bajo un sol de justicia cuya luz, como una extraña premonición, no rebotaba ese día, como era costumbre, sobre la superficie acharolada de los zapatos de tacón cubano y suela fina de don Luis «el médico».
zoilolobo@gmail.com
Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
