martes, febrero 3, 2026
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Historias de celuloide

Las redes sociales habían facilitado la reunión. Clara formó el grupo que buscaba a los alumnos del Instituto Ramiro de Maeztu de Madrid que cursaron COU en el curso 1976-77. Empezó a tirar uno tras otro, y éste del siguiente hasta reunir a los sesenta y tres del curso.

Unos meses después, todos estaban conectados con la excepción de Javier, que había fallecido nada más cumplir los cincuenta años de un infarto. Cada uno fue contando su vida. Habían pasado más de cuarenta años desde que se separaron. Solo unos pocos habían mantenido algún trato. Unos fueron a la Universidad y otros se pusieron directamente a trabajar.

De los que estudiaron, la mayoría había estudiado Derecho, Empresariales o Periodismo, las carreras de moda de la época.

Enrique había sido el líder indiscutible de la clase de COU. Un tipo guapo, simpático, refinado e inteligente, aunque nadie llegó a conocerlo profundamente. Tenía un atractivo para todos, en parte por su carácter un tanto enigmático. Todos se preguntaban qué había sido de él durante esos años. Misterioso y reservado una vez más.

Y cuando empezó a contar, todos siguieron con expectación sus historias, las de Enrique, el extrovertido.

Había estudiado Derecho en el extranjero. En concreto, en la prestigiosa universidad de Yale. —Lo di todo, valía la pena. Fui afortunado con esa gran oportunidad. —Después me fui al Instituto Tecnológico de Massachussets a estudiar Empresariales, añadió. Compartió, entonces, con sus antiguos compañeros un montón de fotos de los dos centros para que nadie albergara dudas de que así había sido. En ellas, aparecía cuando era joven y con mucha gente a su alrededor.

Y continuó: —Fue en el MIT, con veintidós años cuando conocí a Rita, una neoyorquina estudiante de Psicología, procedente de una importante familia de negocios y que había sido miss América, por lo que os imaginareis lo guapa que era.

Lo suyo con Rita fue un flechazo. Se conocieron en el bar y desde entonces no se separarían.

Se casaron a los cuatro años. Compartía de nuevo las fotos que lo acreditaban. Su mujer era guapísima y tenía una figura excepcional. Realmente daba fe del título de belleza que en su día había ganado.

Tuvieron tres hijos: dos niñas y un niño parecidos a su madre, tal y como atestiguaban los vídeos y las fotografías. Rubios y de ojos azules.

Y como contaba Enrique: —Hemos tenido mucha suerte. Muy estudiosos siempre y ahora colocados en grandes empresas. Todos tienen pareja, pero de niños nada por ahora. Esperamos ser abuelos algún día.

—Creo que todos nosotros hemos trabajado incansablemente para dar lo mejor que tenemos a nuestros hijos. Rita y yo tuvimos mucha suerte. Son unos hijos excepcionales de los que no tenemos queja alguna.

Los demás fuimos comunicando historias menos llamativas. Acumulábamos existencias vulgares, corrientes, cotidianas y aburridas. Unos se habían casado con el ocupante del pupitre de al lado, otros se habían separado y alguno no llegó nunca a casarse. La mayoría había tenido hijos normales, que les habían dado satisfacciones y también disgustos. Nadie había tenido una familia guapa e inteligente de revista, ni una vida de película de Hollywood. Poco a poco, fuimos perdiendo el interés por las historias anodinas que nos transmitíamos. Solo esperábamos a que Enrique nos siguiera contando su apasionante y deslumbrante vida.

Se trataba de una vida tan atractiva y sublime que a algunos compañeros les pareció excesivamente bonita para ser real. Un poco excesiva para ser verdad. Empezaron, entonces, a formarse corrillos entre distintos compañeros. Alguno elevó una tenue voz: —Es muy presumido. —Seguro que lo ha adornado o exagerado, decían.

En la siguiente conexión, muchos ansiaban que contara su experiencia profesional.

Si la personal era de color rosa, la profesional resplandecía cual rayo de sol. La palabra que resumía su trayectoria laboral era triunfo. Comenzó en el laboratorio farmacéutico Teva Pharmaceutical Industries en Filadelfia, y tras seis años de éxitos saltó al puesto directivo en Americatel, empresa proveedora de servicios de telecomunicaciones de habla hispana, puesto que no pudo rechazar. Su familia se trasladó a Miami.

De ahí a Washington a la consultora Booz Allen. Se instalaron en el barrio exclusivo de Georgetown y en la capital americana encontró lo único que le faltaba en su fulgurante carrera: conexiones sociales al más alto nivel. Las relaciones con políticos, senadores o congresistas republicanos o demócratas, eran su fuerte. Todos caían rendidos ante sus encantos. Ahora, pre-jubilado, y con residencia en Madrid, ofrecía sus servicios a la empresa que se los requiriera.

El relato de Enrique sobre su itinerario profesional sumó más adeptos al entredicho iniciado por algunos compañeros. Se oyeron los primeros calificativos:  —Es un fantasma. —Un fanfarrón. —No necesitaba abuela con las flores que se echa encima.

Pero, todavía quedaban quienes creían que Enrique era un tipo extraordinario. En su juventud muchos pensaron que se enorgullecerían de él el día de mañana. Y ese día había llegado: ¡Era un tío especial! ¡El mejor de la promoción!

A Natalia le pareció imposible y decidió investigar. Destapar el asunto si, como ella creía, todo era una patraña. Consultó la veracidad de las fotografías subidas a la red. Entre tantas fotos nadie reparó que Enrique no representaba un papel protagonista con sus amigos, su mujer, sus hijos… Alguna imagen estaba trucada.

Natalia descubrió que nunca hubo universidades americanas, nunca hubo congresistas, nunca hubo mujer modelo, nunca hubo hijos maravillosos.

Ahora quería saber qué suceso tuvo lugar para acabar con las expectativas que había despertado entre los compañeros de clase. Supo que, a pesar de sus deseos de entrar en una universidad americana no fue admitido y renunció a la plaza de la española porque le pareció poco para su categoría personal. Había pretendido a una sobrina del rey que le rechazó. Tonteó con alguna niña mona con título, pero nada de eso fructificó y quedó solo.

Se entregó a la bebida y tonteó con las drogas. Tras su rehabilitación sufrió otro golpe brutal. Su protectora madre se suicidó. Frustrado, Enrique optó por vivir una existencia alternativa. Podía subsistir con cierto lujo con el dinero heredado viajando y componiendo su vida, la que él hubiera deseado.

Durante sus relatos todos le habían envidiado en una, algunas o todas las facetas de su vida. Pero, su vida ni siquiera había sido como la de los demás: normal, aburrida, anodina y tediosa.

La vida de Enrique ‘el idealizado’ era una entelequia. Un pobre hombre fracasado que no supo acomodarse a lo que era y tenía. Vivió de la impostura, de la calumnia y la engañifa. El tiempo le había convertido en un fatuo charlatán.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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