Como cada mañana, sobre todo después de haberse comprado aquel último modelo de teléfono móvil, lo primero que se propuso antes de salir de casa fue hacerse un Selfie junto a la ventana, luego activó las teclas en mayúsculas D y P como precaución y acto seguido se guardó el aparato en el bolsillo superior de la camisa.
Una vez en la calle, emprendió el camino de costumbre hacia su trabajo por la acera todavía poco transitada, bajo un tibio sol de primavera. Al doblar la primera esquina se dio de bruces con alguien de aproximadamente su edad que a punta de navaja le exigía en voz baja la cartera y, por supuesto, el móvil de última generación que se intuía a través de la transparencia de su camisa de verano. No opuso resistencia, no obstante, el asaltante, antes de abandonar el lugar con el botín, en previsión de una posible persecución, se daría el gusto de pincharle en el costado con tanta habilidad que, aparte del pánico, le provocaría además un hilo de sangre lo suficientemente abundante como para, ante su visión, conseguir su desmayo inminente.
Mientras perdía la conciencia, la victima esbozaba una maliciosa sonrisa que mantuvo todo el tiempo hasta que fue debidamente auxiliada.
Ya en su territorio, el agresor, cobijado bajo la sombra que proporcionaba un viejo platanero de su barrio, examinó a fondo la cartera y extrajo de ella sólo lo que le interesaba: veinte euros; abandonando el resto en una papelera próxima. Regresó de nuevo bajo la sombra del platanero y se dispuso a estudiar a fondo la valiosa joya de última generación aprehendida. Acercó la pantalla para observar mejor y activó un ON en el teclado. De pronto, la superficie se iluminó en silencio. Dispuesto a marcar un número al azar, de manera negligente pulsó el primer dígito y, automáticamente, el móvil, al no reconocer a su auténtico propietario frente a la pantalla, explosionaría entre sus dedos con tanta intensidad que le volaría violentamente dos de ellos de su mano derecha, provocándole tal hemorragia que terminaría tiñendo de rojo la moteada corteza del tronco del viejo platanero bajo el que se cobijaba mientras su rostro también resultaba fatalmente perforado en toda su superficie por la micro-metralla generada por el propio aparato al desintegrarse del todo y que le dejaría, para el resto de su vida, serias secuelas en la piel.
Las siglas D y P correspondían a Defensa Personal
zoilolobo@gmail.com
Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes
