Prometía desde su más tierna infancia. A las trampas que hacía en el patio del colegio añadió como costumbre propia los engaños y las mentiras. De adolescente protagonizó las más diversas artimañas para quedarse con el dinero de los demás. Daba pasos para convertirse en un profesional.
Al final, formó grupo con sus iguales, pero a pesar de los muchos timos y fraudes no conseguían hacerse ricos. Había que hacer algo grande.
Era martes. Alex volvió del supermercado feliz: —He conocido a un hombre minúsculo. Un hombre invisible y prescindible.
—¿De qué hablas? ¿Dónde está el chollo?, preguntaron con poco entusiasmo sus amigos.
—Creo que perdemos el tiempo con esta conversación, insistió Héctor.
—Pero ¿no os dais cuenta? Pregunté al carnicero y me dijo algo que me abrió los ojos: —Es un pobre hombre, me dijo. —Fijaos. Un hombre de edad media, de estatura media, de complexión media. Un hombre vulgar, sin ningún atractivo. Cobra una pensión de discapacidad, pero no tiene a nadie. Si desapareciera, nadie le echaría de menos. Tiene dos hermanos a los que no ve nunca. Y concluyó: —Este tío es un chollo. Tonto y solo. Si nos hacemos con él nos quedamos con su pensión, con su dinero y con todo lo que tenga. Y tiene amigos como él.
Cristina y Héctor soltaron las bolsas del supermercado. — Tenemos que hablar, dijo Cristina.
—Tracemos un plan. Cuando tengamos a sus amigos les haremos un seguimiento y seleccionaremos a los que estén solos, dijo Alex.
Al día siguiente, Alex volvió a ver a Antonio en el súper. Después de mucho insistir, Antonio se dejó ayudar, y Alex cogió una de sus bolsas: —Si no tiene nada que hacer le invito, si usted quiere, a tomar un chato en mi casa. Compro el vino en el súper, y creo que es bueno. Me cuesta cada botella 1,97 €. ¿Le apetece?, le invitó Antonio.
—Encantado, dijo Alex con su mejor sonrisa. Voy con usted dónde me diga.
Una vez en casa de Antonio, Alex pudo ver el piso que sus padres le habían dejado. —Tengo dos hermanos que viven lejos de aquí, pero apenas me llaman una vez al año, dijo con pena.
Días después, Antonio les presentó a cuatro hombres y a tres mujeres. Todos compartían el abandono y vivían abocados a su escasa suerte. Solo se tenían a ellos mismos. ¡Eran perfectos!
Les fue fácil ganarse su confianza. Los halagos, las adulaciones y los obsequios a los que no estaban acostumbrados les hicieron caer en sus redes. Solo Adelina desconfió. —Es mejor que Adelina trate con hombres, déjamela a mí, le dijo a Cristina. Y, enseguida se la ganó.
Habían hecho bien su trabajo. Conocían sus cuentas bancarias y sus propiedades. Habían cambiado sus claves de acceso. Todo estaba a golpe de un clic. Tendrían una cantidad de dinero nunca soñada. Todos los meses y qué fácil había sido.
—El sábado haremos una excursión, les dijeron en casa de Antonio. —Pasaremos un día inolvidable. Comeremos en el campo, nos tumbaremos al sol y cenaremos en un restaurante.
El día fue emocionante. ¡Cómo niños entraban atropellados en la furgoneta alquilada! Después de la cena les anunciaron: —Nos queda una última sorpresa.
Volvieron a la furgoneta y tras unos kilómetros los animaron a bajar. —¿De quién es esta casa?, preguntó Antonio. —A partir de ahora es vuestra. Nos trasladamos a esta casa para vivir todos juntos. Será divertido. —Yo prefiero volver a la mía. —¡Y yo! Las protestas no surtieron efecto alguno.
No era una casa, sino tan solo una cuadra que se caía a trozos. Un lugar para el ganado, una estancia grande con cemento en el suelo y todavía algunas pajas. Habían colocado un catre para cada uno, con colchones y mantas. Al fondo, un aseo.
Dos bombillas colgando en el techo, sin agua caliente y sin calefacción.
Y allí quedaron encerrados. Arrinconados. Entonces sintieron el rechazo. Un abandono estremecedor, una orfandad y un desabrigo total. Les habían engañado.
Cerraron y se fueron.
La llamada de la hermana de Antonio fue decisiva dos semanas después. Preocupada, repitió y repitió la llamada. Hasta treinta veces. Decidió entonces visitarle. Al llamar vio a unos inquilinos, pero esa renta no entraba en la cuenta de Antonio. Y ¿dónde está él? ¿Qué había pasado?
Fue a denunciar a la policía e indagó. El mismo carnicero que había informado a Alex, le contó quienes eran los nuevos amigos de Antonio.
Tras sus pesquisas volvió a la policía, quien comprobó que todas las casas de los amigos de Antonio estaban alquiladas por rentas elevadas.
Dos hombres y una mujer desalmados habían recluido a aquellos ocho hombres y mujeres como si fueran animales. Estaban cautivos en un establo. Una granja humana de gran rendimiento económico.
Doctora en Derecho.
Licenciada en Periodismo
Diplomada en Criminología y Empresariales
