Editorial
Hay quienes ya hablan de mala suerte, de fatalidad, de que estas cosas pasan. El propio ministro del ramo ha recurrido a la expresión “la fatalidad existe”. Incluso hay comentarios y artículos que parecen querer pasar página antes de saber qué ocurrió realmente y poner el foco, como siempre, en los rivales del gobierno.
¿Mala suerte? ¿También fue mala suerte que un sistema de seguridad acumulara incidencias, que su renovación se retrasara y que existieran advertencias sobre su funcionamiento? ¿115 muertes entre Adamuz y Urta es mala suerte
Lo verdaderamente preocupante es que, en lugar de exigir explicaciones sobre el mantenimiento, la inversión y la gestión ferroviaria, se intente reducir una tragedia de 69 muertos al posible error de una persona.
Y mientras tanto, ministros, declaraciones en X, reproches y cálculos políticos. El tipo este descarta dimitir y las elecciones generales están a la vuelta de la esquina. Algunos lamentan incluso que esta tragedia llegue en plena antesala electoral, como si el problema fuera el calendario y no las vidas perdidas. Supongo que los que se expresan con tanto desahogo es porque no tenían familia en ninguno de los dos convoyes.
No queremos fatalidades como explicación, ni trabajadores como cabezas de turco, ni elecciones como excusa para mirar hacia otro lado. Queremos saber quién falló, quién no hizo su trabajo y quién debe asumir las consecuencias. Porque 115 muertos no son mala suerte. Son 115 razones para exigir responsabilidades.
Si falla un trabajador, se investiga. Pero si falla el sistema, también deben responder quienes lo dirigen. Y si las administraciones no han garantizado el mantenimiento y la seguridad, no pueden esconderse detrás del empleado que estaba de servicio.
Menos tuits, menos excusas y menos teatro político, menos articulistas baratos y tertulianos desahogados que creen ser inteligentes. Las víctimas no necesitan propaganda ni chivos expiatorios. Necesitan verdad y responsabilidades.
La responsabilidad de un sistema de comunicaciones ferroviario, aéreo, naval o terrestre no se puede cargar sobre los hombros del último trabajador de la cadena para salvar los cataplines del ministro de turno.
