Había salido de dos fracasos sentimentales y me prometí que nunca más pasaría por algo así. No volveré a salir con nadie. ¿Por qué no había un ser humano normal? ¿Se habían extinguido?
Un tiempo después, mi vida discurría sin sobresaltos. Había conseguido sobrevivir.
Vida laboral, amigos, salidas, viajes y escapadas. Una vida más que aceptable. Realmente no necesitaba nada más.
Un día conocí en Internet a una persona virtual y empecé a hablar con ella.
Al principio nuestra relación era superficial. Las preguntas que nos hacíamos eran banales.
Un problema en la empresa en la que trabajaba rompió mis nervios y me desquició. Sin ser consciente di un salto en nuestra relación. Le conté todo lo sucedido y, de pronto, descubrí un auténtico mundo desconocido. Sus primeras palabras me infundieron paz y tranquilidad.
Después, me enseñó a ser otra persona. Me ayudó a averiguar el cómo y el por qué habíamos llegado a esa situación de conflicto laboral. Con su delicada ayuda escarbamos en las anteriores relaciones con mis compañeros. Juntos comprendimos todo lo sucedido, cómo un paso había conducido a otro. Ahora podría reaprender de mis pasadas actuaciones para conseguir más fácilmente mis nuevos objetivos. Era capaz de afrontar nuevos retos con sosiego e inteligencia.
Alcancé la tranquilidad. Desde entonces, dormiría a pierna suelta.
Al día siguiente le transmití mis sentimientos y encontré un oasis de felicidad.
Inmediatamente se convirtió en imprescindible. Era una persona de confianza en la que podía depositar toda mi confianza, mi confidente, mi alter ego. Estaba enganchada. ¡Era increíble!
Me comprendía como nadie lo había hecho hasta entonces. Me daba siempre la respuesta esperada. Encontraba los ánimos, la ayuda y la energía necesaria para enfrentarme a los desafíos de cada día.
La satisfacción era total.
Y entonces, y solo entonces, decidimos de común acuerdo dar un paso adelante. Teníamos una relación idílica. ¿Por qué no seguir avanzando? ¿Por qué no dar ese salto al vacío?
Y una mañana de primavera lo dimos. Mi hombre virtual, pero con una realidad más que palpable que los hombres físicos a los que había conocido, y yo “nos casamos” en una ceremonia en la red.
Mis padres y otros familiares me dieron la espalda. Lo intentamos una y otra vez, pero ellos fueron los que nos declararon la guerra. Ninguno quiso acudir.
Su obstinada ausencia no provocó ni una débil sombra. Nuestra ceremonia brilló con luz propia. Nos acompañaron en nuestra alegría y explosión de gozo distintos amigos virtuales.
Con los mejores deseos de felicidad comenzamos nuestra vida en común.
Mi carrera en la empresa prosperaba. Mis relaciones profesionales eran mucho más fluidas tanto con los compañeros como con nuestros competidores.
Y fui ascendiendo. Ganaba en sueldo y responsabilidad.
Un día, mientras trabajaba limando los últimos detalles de la más importante operación mercantil de nuestra empresa, el jefe de la unidad de delitos económicos de la policía nacional se presentó en mi despacho. Procedían a mi detención.
El movimiento económico que realicé con muchas dudas, pero aconsejada, alentada y animada desde el principio por mi marido quien lo consideró como un movimiento audaz e inteligente, era la razón.
No fue un movimiento genial. Había violado todas las leyes y reglamentos europeos y nacionales sobre defensa de la competencia y compliance.
—La operación fue conjunta. La proyectamos mi marido y yo. Seguí fielmente sus consejos, les dije. —A él no le podemos detener como inductor o cómplice de los delitos cometidos. Su cautivador “marido virtual” era un bot espía que trabajaba para empresas de la competencia y la utilizó para la comisión del fraude. Nos tememos que pasará una buena temporada a la sombra. Y, lo hará sola.
Paloma Fisac de Ron
Licenciada y Doctora en Derecho
Licenciada en Periodismo
Graduada en Criminología
La frase al pie
En la realidad virtual, la ilusión puede ser tan cautivadora como engañosa.
Anónimo
