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El sueño recurrente: Pan Am 1736, una pulsera de plata y la dignidad en medio del caos
Han pasado casi 50 años desde aquella tarde en Tenerife. Medio siglo desde que el cielo se desgarró sobre Los Rodeos, dejando una huella imborrable en la historia de la aviación. Una herida que el tiempo consigue atenuar, pero que nunca llega a borrar por completo.
A veces, la memoria regresa en forma de sueños.
Y puede resultar difícil de creer, pero en mi sueño recurrente lo que más destaca no son el fuego ni el estruendo. Lo que permanece es un gesto profundamente humano: recoger a las personas de entre los restos del accidente y colocarlas con cuidado sobre las camillas.
Sin embargo, hay un recuerdo concreto —el de un hombre— que permanece grabado en mi memoria.
Lo ayudé a subir a una camilla. En medio del barro, la confusión y el caos, me fijé en su muñeca. Llevaba una hermosa pulsera de plata, engastada con piedras. Era una pieza extraordinaria, de esas que parecían haber sido elaboradas artesanalmente por manos indígenas norteamericanas.
Recuerdo aquel instante con una precisión que todavía me sorprende, como si hubiera ocurrido ayer.
Mientras lo acomodaba sobre la camilla, con todo el cuidado y el respeto que podía ofrecerle en aquel momento, me giré hacia quienes estaban a mi alrededor y grité con todas mis fuerzas:
—¡Cuidado, que no le roben la pulsera!
Y eso es todo lo que recuerdo.
En momentos de absoluta deshumanización y caos, la responsabilidad de quienes estábamos allí no consistía únicamente en ayudar. También teníamos el deber de proteger la dignidad de quienes ya no podían defenderse por sí mismos.
Aquella pulsera representaba mucho más que una joya. Era parte de su identidad, de su historia, de su vida. Era, quizá, su último vínculo material con el mundo al que acababa de dejar de pertenecer.
¿Por qué pronuncié aquellas palabras?
Ninguno de los que estábamos allí habría pensado jamás en robarle aquella pulsera. Estábamos todos intentando ayudar. Algunos gritaban, otros corrían, otros trabajaban hombro con hombro para levantar a las víctimas y colocarlas sobre las camillas.
Entonces, ¿cómo pudo cruzarse por mi mente la posibilidad de que alguien se la robara? ¿Por qué sentí la necesidad de gritarlo precisamente en aquel instante?
Incluso hoy sigo sin encontrar una explicación.
Fue una reacción instintiva, nacida en aquel segundo preciso. Y eso es, sencillamente, lo único que puedo decir sobre ella tantos años después.
Han pasado casi cinco décadas.
Y todavía pienso en él.
Tomás Cano Pascual
Vicepresidente de Business Developement Europa
Asesor de líneas aéreas
Delegado para Europa de Air Panama
Fundador de Air Europa

