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Los Rodeos, 50 años después

  • Lo que el accidente me enseñó sobre la aviación y la dignidad

El próximo 27 de marzo de 2027 se cumplirán 50 años del accidente de Los Rodeos, una tragedia que marcó para siempre la historia de la aviación.

Siendo un niño, aquel horror fue el inicio de mi carrera y, al mismo tiempo, el momento más traumático de mi vida.

Quien comienza su camino en el transporte aéreo presenciando una de las mayores tragedias de la historia de la aviación aprende a mirar la realidad de otra manera. Aquello me marcó a fuego.

Por eso, después de casi cinco décadas en la industria, quiero dejar algo muy claro respecto a mis publicaciones recientes, en las que he reconocido y alabado el esfuerzo titánico que realizan las compañías aéreas en este cruel y complejo entorno.

No lo hago, bajo ningún concepto, para quedar bien con nadie.

No busco el aplauso, la aprobación ni el favor de ninguna cúpula corporativa.

Lo hago por una única razón humana: porque sé lo que cuesta esta industria. Sé que detrás de cada empresa hay personas reales que trabajan duro, que se sacrifican y que, con el dinero que ganan, ponen la comida sobre la mesa de sus familias.

Alabo el sudor de las familias que sostienen la aviación.

Y lo digo desde la autoridad que me da mi propia trayectoria.

Un camino que, después de aquel trauma inicial, recorrí durante muchos años prácticamente en absoluta soledad: lejos de España, en profundo silencio y rodeado de indiferencia.

Ese silencio fue —y sigue siendo— el desprecio más elegante hacia mis enemigos.

La regla general en mi carrera nunca fue el apoyo. Nadie escribió ni dijo jamás una palabra positiva sobre mi persona.

Mi paisaje estuvo marcado por enemigos brutales que intentaron destruirme, desprestigiarme e ignorarme. Y también por todos aquellos que se sumaron al carro de la destrucción y de la ceguera mental por pura cobardía de manada.

Cualquiera habría guardado rencor.

Yo, desde mi silencio, les digo:

Gracias.

No por bondad, sino porque, al no tener a nadie más a mi lado, ellos terminaron convirtiéndose en mis más brutales entrenadores.

Fueron el cincel, no la herida

Al intentar derribarme sin piedad, solo consiguieron moldear la roca firme en la que me he convertido.

Quien sobrevivió psicológicamente a Los Rodeos aprendió muy pronto que hay golpes que, por terribles que sean, también pueden convertirse en una fuente de fortaleza.

Me enseñaron a bastarme a mí mismo

Mi exilio y su hostilidad me obligaron a comprender algo que ya decía Marco Aurelio: la propia integridad puede ser suficiente para sobrevivir.

Aprendí a caminar sin esperar reconocimiento, sin necesitar aprobación y sin depender de quienes podían decidir si mi trabajo merecía o no su aplauso.

Me enseñaron la victoria de no parecerme a ellos

Su mezquindad me obligó a elevarme.

Demostré, ante todo a mí mismo, que su ceguera jamás podría corromper mi corazón ni arrebatarme la libertad de reconocer el esfuerzo, el trabajo y el sacrificio de los demás.

Y esa libertad es hoy uno de mis mayores orgullos.

En el transporte aéreo, las peores tormentas se cruzan a solas en la cabina.

El verdadero capitán no necesita que las cúpulas aplaudan su despegue. Sabe quién es porque comenzó su viaje en uno de los peores infiernos imaginables, sobrevivió a 50 años de temporales y mantuvo su dignidad intacta.

Hoy hablo con la libertad absoluta que proporciona no deberle nada a nadie en el ámbito profesional.

No necesito agradar a las cúpulas. No necesito el reconocimiento de quienes durante años eligieron el silencio. Y tampoco necesito devolver odio a quienes intentaron hacerme caer.

Mi deuda es otra.

Solo debo, y estoy en deuda, con todos aquellos trabajadores que me ayudaron a crear las empresas aéreas que fundé.

A ellos sí les debo reconocimiento.

A ellos sí les debo gratitud.

Quiero hacer también un reconocimiento muy especial a todos los pilotos, técnicos de mantenimiento y profesionales de la seguridad operacional que, a lo largo de estas cinco décadas, han dedicado su vida a hacer de la aviación un transporte cada vez más seguro. Gracias a su profesionalidad, a su disciplina, a su formación permanente y a su compromiso con los más altos estándares de seguridad, millones de personas han podido seguir volando con confianza. Detrás de cada vuelo seguro hay horas de entrenamiento, inspecciones, mantenimiento, procedimientos, decisiones difíciles y, sobre todo, profesionales que entienden que en aviación la seguridad no admite atajos. Ellos son también parte de la respuesta que la industria dio a tragedias como Los Rodeos: aprender, mejorar y no dejar nunca de elevar el estándar de seguridad.

Porque detrás de cada avión, de cada empresa y de cada proyecto de aviación no hay únicamente balances, estrategias o decisiones corporativas.

Hay personas.

Hay trabajadores.

Hay familias.

Hay sacrificios.

Y hay miles de hombres y mujeres que, cada día, hacen posible que la aviación siga volando.

A ellos va mi reconocimiento.

Y, 50 años después de Los Rodeos, también mi memoria.

Tomás Cano Pascual

Vicepresidente de Business Developement Europa

Asesor de líneas aéreas

Delegado para Europa de Air Panama

Fundador de Air Europa

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