A mi madre nunca le gustó, pero yo me casé con ella. Le contrariaba su religión y su color de piel. Era su respuesta a la ruptura del acuerdo que mi padre tenía con un pariente de nuestra aldea, Xuddur, por el que debía casarme con Faduma, una prima lejana de dieciséis años. Entonces, yo no entendía sus razones religiosas y quebranté su pacto.
Elisabeth, la mujer con la que me casé era peruana, piel blanca y católica. Yo también había nacido en el extranjero, en Somalia, hacía veintitrés años. Mi piel es negra y soy musulmán.
Mi madre redobló su proselitismo para obtener la conversión de Elisabeth tras lograr que yo volviera a mi práctica religiosa. En palabras de mi mujer, que me radicalizara.
Tuvimos una hija preciosa a la que llamamos Aamiina. Después nacieron nuestros cuatro hijos varones: Absame, Abshir, Assad y Aden.
Cuando Aamiina cumplió cinco años, mi madre vino a visitarnos a nuestra casa. Quería llevarla a que conociera nuestras raíces, nuestra familia africana, la de nuestro pueblo somalí. La llevaría a nuestra aldea, la llevaría a Xuddur.
Elisabeth mostró sus reticencias, pero la disuadí. Aamiina iba feliz con sus abuelos. Serían solo unos días, unos días felices para recordar toda su vida.
Los acompañamos al aeropuerto. Aamiina iba contenta, pero en el momento del adiós, dudó. Era una niña pequeña. Nos miró con carita triste al despedirse. A Elisabeth se le llenaron los ojos de lágrimas: —No llores, mujer. En una semana podrás estrecharla entre tus brazos, otra vez, le dije.
La semana pasó rápido. Elisabeth estuvo entretenida con nuestros cuatro hijos varones. Emocionados fuimos a recoger a Aamiina y a mis padres al aeropuerto.
La niña llegó llorosa y con mala cara. Nada más ver a su madre se echó a sus brazos y no quería a nadie más. Estaba triste y mimosa. En los cuarenta minutos que nos separaban de nuestra casa mi mujer solo besaba y acariciaba a nuestra pequeña. Ella se quejaba de que tenía pupa.
Al llegar a casa, mi mujer dio la cena a los cinco niños y al ponerle el pijama a nuestra hija gritó. Vociferó como una enajenada. La niña sangraba. Aamiina no sabía lo que le habían hecho, pero le explicó que le dolía mucho. Tenía pupa. Le habían hecho mucho daño y lloraba sin parar.
Mi mujer exigió ir de inmediato al hospital más próximo, aunque yo traté de convencerla que esperase a que mejorara. Serían horas o días. Tenía que tranquilizarse y calmar a la niña.
La pediatra nos informó que había puesto en conocimiento de la policía lo sucedido. A nuestra hija le habían hecho la ablación del clítoris. Mi mujer no quiso entender mis explicaciones. Se trataba de una vieja costumbre de mi pueblo. A todas las niñas se lo hacen.
La pediatra explicó que la intervención practicada no le reportaría beneficio alguno. La niña quedaría ingresada para cortar la hemorragia y mitigar sus intensos dolores. Le bajarían la fiebre y evitarían posibles infecciones que pudieran producirse.
—El futuro no es halagador, añadió. Elisabeth interrumpió sus angustiosas quejas cuando la doctora le detallaba las consecuencias. —Podrá padecer complicaciones urinarias, problemas vaginales y menstruales. Quizá, también, infertilidad y complicaciones en el parto.
Y sentenció: —Y lo peor, tendrá problemas psicológicos y sexuales que arrastrará el resto de su vida.
Elisabeth protestaba contra unas costumbres degradantes y bochornosas. Rechazaba con toda su alma la ignominia y ofensa que habían practicado las mujeres de mi pueblo contra su pequeña.
Y cuando parecía que se iba a calmar gritó con fuerza contra mis padres, y se dirigió a mí: —¡Tú lo sabías!, me increpó. Os odio. Os aborrezco. ¿Qué le habéis hecho a mi hija? Vete de aquí y no vuelvas más. No volverás a entrar en nuestra casa. No te acerques a ninguno de mis hijos. Mira lo que has hecho. Es tu hija, tu propia hija. ¡Mírala! Y me echó chillando: —¡Tú y tu familia! No, nunca más volverás a ver a ninguno de tus hijos.
Elisabeth se quedó velando a Aamiina toda la noche. Después repitió las veinticuatro horas de la jornada siguiente y las veinticuatro horas de tres jornadas más.
Cuando salió del hospital con Aamiina entre sus brazos, un día luminoso acarició sus entristecidos y atormentados rostros.
Besando a su niña, Elisabeth le prometió que lucharía a brazo partido con ella para erradicar esas prácticas denigrantes y ofensivas que atacaban sus derechos más elementales por el hecho de ser mujer. —Confía en mí, cariño. Siempre estaré a tu lado. Nunca te dejaré sola. Juntas lucharemos para que África despierte.
Doctora en Derecho.
Licenciada en Periodismo
Diplomada en Criminología y Empresariales
