domingo, julio 25, 2021
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Anécdotas docentes

Las papas fritas

Estos días, por una situación con ciertas similitudes que se ha producido, he recordado una de tantas anécdotas «conservatorianas«, que en este caso estuvo protagonizada por un célebre y querido alumno y su padre, cuando empezaba en el estudio de la guitarra (9 años).

Ocurrió hace muchos años que, en una reunión de seguimiento con el padre, le comuniqué que su hijo (un «pinta» de mucho cuidado desde pequeñito), no estaba practicando nada.

Inmediatamente, muy sorprendido, incluso algo ofendido, me lo negó rotundamente, argumentando que lo hacía a diario, mientras él le preparaba el almuerzo. Así que, según él, eso era una apreciación mía, pues su hijo era muy aplicado con el estudio de la guitarra. Ante tales argumentos, tuve que renunciar a seguirle comentando lo que era una total evidencia.

Posteriormente y durante un tiempo, le fui preguntando sutilmente y con un poco de «malas artes», durante las clases, sobre su vida y costumbres a la hora de comer.

Me contaba que su padre lo recogía del colegio y que almorzaban juntos, que se cambiaba de ropa, estudiaba guitarra…, pero no había manera de que «cantara», hasta que un día, seguramente harto de tanta pregunta, cantó la «Traviata» completa.

Aquí va su confesión, palabra arriba o palabra abajo:

…»mira Fernando (con aquella voz de pito que tenía) ¿sabes lo que pasa?, que mientras mi padre está en la cocina friendo las papas, yo enciendo la tele y pongo los dibujos con el volumen muy bajito y mientras, para que él crea que estudio, le voy dando a las cuerdas así» (rasgueándolas al aire, sin ningún sentido).

Fin del sucedido.

Croniquilla de una clase, con un profe «noqueado» (modo «on» en el botón «Vacilón toscalero-mañanero)

Hoy he dormido mal, pues se me ha ido la noche en buscar la respuesta adecuada y certera a una pregunta de Daniel (8años).

Ocurrió lo siguiente:

Después de hablar durante un rato sobre el cuidado que se ha de tener con los instrumentos e insistir (quizás demasiado porque a menudo soy muy «intenso») sobre su fragilidad, me espeta con exigente entonación:

«… ¿entonces que es más frágil?, ¿un timple o un huevo? “

Reconozco que fue un momento solamente comparable con un directo al mentón, que me dejó grogui, en el que el «referee» todavía me está desgranando la cuenta de protección

Debo decidir una respuesta antes de que la curiosidad pueda con él y haga la prueba en casa…quizás la haga yo en la mía y así salgo de dudas.

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