domingo, septiembre 25, 2022
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Sueños rotos

Kabul ha caído. En menos de veinticuatro horas nuestros sueños se han roto.

Me llamo Afsana, que significa cuento. Mi nombre fue premonitorio. Hemos vivido un cuento, pero ha sido muy triste, con final trágico.

Nací tras los atentados del 11 de septiembre cuando la intervención internacional en mi país provocó la caída de los talibanes. Mis parientes dicen que las invasiones y las guerras son una vieja costumbre en Afganistán.

Somos siete hermanos. Los tres mayores son varones. Después, nacimos cuatro mujeres. Soy la segunda de ellas. Mi madre siempre quiso que tuviéramos una vida distinta a la suya. Desde pequeñas nos llevó al colegio. Quería que aprendiéramos. Quería que fuésemos libres. Que decidiéramos nuestro futuro.

Ella que es muy religiosa ha sufrido mucho. Se quitó el burka con el permiso de mi padre. A su madre y a sus dos hermanas les pegaron un tiro en mitad de una calle por no llevarlo, a pesar de ir cubiertas con la hiyab.

Las mujeres viven oprimidas desde su nacimiento por leyes y normas injustas, abusivas y arbitrarias. El resultado es necesariamente un sin vivir, una tragedia, un infierno. La cautividad y el sometimiento son las únicas reglas.

Debajo de sus vestimentas las mujeres viven un drama. Los ropajes impuestos intentan ocultar los malos tratos, la esclavitud, los matrimonios de niñas con viejos, los trabajos forzados, las violaciones y las torturas…

No se les permite mostrar su dolor, su sufrimiento, su ira frente a la injusticia, su desesperación y su miedo.

La profesora de nuestro colegio había sido perseguida. Tuvo suerte. Salvó la vida, pero le quemaron la cara. ‘La educación occidental es pecado’ y ese es el delito por el que fue condenada. Volvió al colegio tras el cambio de régimen. Animaba a las niñas a estudiar. Mostraba su rostro deformado por el ácido que le arrojaron y la pérdida de visión de un ojo. Sus estremecedoras cicatrices y las llagas de su alma nos exhortaron a superar el odio y el horror que otras y ella misma habían sufrido. Nadie nos enseñó a amar la libertad como ella. No tenía rencor y gozaba de un enorme coraje, convicción y determinación.

Su ejemplo y testimonio me empujaron a ser maestra. Bajo su protección daba clase en el mismo colegio de niñas en el que estudié.

A los diecinueve años me enamoré y me casé con Mutjaba, el elegido. Mi elegido. Lo hice por amor. Fuimos libres. Yo tenía veintiuno y él veintitrés.

Mi marido es policía. Colabora con las ‘fuerzas de ocupación’ españolas. Al caer Kabul estaba señalado. Tenía que huir. Si no lo hacía le matarían a él y a su familia.

Las calles se convirtieron en un infierno. Había que actuar a contrarreloj y con mucho sigilo. Los talibanes, eufóricos por su victoria patrullaban las calles. Empezó una terrible persecución. Buscaban a cualquiera que incumpliese sus estrictas reglas. El pánico y la desconfianza se instalaron de inmediato. Muchos vecinos denunciaban a mujeres para ganar favores ante las nuevas autoridades. Una vez señaladas iban a por ellas a sus casas. Identificadas, y sin mediar palabra, eran descerrajadas a tiros delante de sus familias. El castigo era ejemplar. Así comprenderíamos la gravedad del incumplimiento de las normas de la nueva sociedad.

En pocas horas la situación se hizo insostenible. Las denuncias crecían y las víctimas se multiplicaban. Todos nos sentimos observados y perseguidos. Imperaba el reino de los delatores. No había perdón ni conmiseración con las mujeres infractoras.

Durante el día los españoles destruyeron documentos y por la noche intentarían evacuarnos.

Me enfundé un burka. Teníamos que salir cuanto antes y sin levantar sospechas.

Pensar en mi madre y mis tres hermanas me laceraba el alma. Sufría por mis alumnas y amigas. Las doblegarán y torturarán. Vegetarán. Languidecerán hasta morir. ¡Qué triste destino! Las calles perderán su colorido y alegría, la variedad de formas y colores de los vestidos, las peluquerías cerrarán, las radios enmudecerán con sus distintas músicas. Solo se podrán escuchar himnos patrióticos. El silencio y la tristeza se apoderarán de este pueblo una vez más.

Había que salir de inmediato. Mutjaba se convirtió en un peligro para mí. Era un traidor. Pero, tampoco podía ir sola porque las mujeres no estaban autorizadas. Hiciese lo que hiciese estaba en riesgo extremo.

Por la noche, conforme a lo previsto, salimos. Nos metieron en un todoterreno con militares españoles. Mi marido y yo íbamos debajo de los pies de los que iban sentados en la parte de atrás. Nunca pensé que pudiera reducirme tanto de tamaño. Llevábamos un rato circulando y llegó el primer control. Dejé de respirar. Si nos veían nuestra fuga terminaría. Volví a pensar en mi madre y hermanas. Quedaban en nuestro país y sufrirán las terribles consecuencias de las que nosotros queríamos escapar a toda costa.

Los talibanes pedían la documentación. Comenzaron la inspección del vehículo en el que viajábamos y de pronto llegaron otros coches con americanos, franceses e ingleses. Bajaban de los vehículos y discutían con los talibanes. Gracias a la discusión, interrumpieron la revisión iniciada. Una vez más la suerte nos acompañaba.

Camino del aeropuerto los controles se sucedían. Aguantábamos la respiración. La evitábamos. Y de un control al siguiente. Los pasábamos. Teníamos baraka. Y, por fin, llegamos.

Ya en el avión nos enteramos de que habían puesto dos bombas en el aeropuerto minutos después de despegar. Cien personas acariciaron la libertad con sus manos, pero no pudieron saborearla.

Aterrizamos en Torrejón de Ardoz después de un largo viaje. Una sociedad moderna, libre y acogedora nos recibía.

Nuestra existencia no estará exenta de dificultades, pero el destino y los españoles nos han concedido una segunda oportunidad para vivir una vida plena. Una vida en libertad.

Doctora en Derecho.

Licenciada en Periodismo

Diplomada en Criminología y Empresariales

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