Largo y cálido verano

¿Se habrá cebado con nosotros el Covid-19?

La profusión de pantalones cortos en la indumentaria juvenil, anuncia ya la entrada de un  apoteósico y cálido verano que parecía todavía lejano ante la voracidad desatada por el Covid-19. En general, la gente ha querido mostrarle a lo que aún queda del depredador, toda la piel disponible como represalia. Ellas, sobre todo las más jóvenes, a base de generosos escotes, brazos desnudos y minúsculos pantaloncitos que dejan al descubierto centímetros cuadrados de piel tersa y aún pálida hasta el suelo. Ellos, de largas piernas depiladas,  poderoso torso desnudo al aire, ignorando lo marcado de sus propios abdominales, pero al igual que ellas, ligeros todos de equipaje camino de la playa más próxima de su entorno.

Los más mayores, ataviados con ropa ligera hasta los tobillos, refugiados tras enormes gafas de sol que ocultan las propias arrugas que suponen una edad ya avanzada, cargan con mucho más de lo imprescindible camino también de la playa. Proveídos de hamaca, sombrilla, toallas, cremas y una alta dosis de vitalidad capaz de soportar todo lo que se les viene encima, se arrastran pesadamente aunque optimistas hacia las arenas doradas que les ofrece el Mediterráneo.

¡Quién diría que nos hemos alejado lo suficiente de la pandemia! El optimismo reina por doquier y el grueso de la gente continúa respetando las recomendaciones de prevención necesarias. No sería pues nada de extrañar encontrarnos en cualquiera de las playas de nuestro entorno a muchos bañistas solamente ataviados con una minúscula mascarilla, ocultando sólo la boca y la nariz bajo un sol de justicia que les propiciaría una profunda huella en el rostro como muestra palpable para las autoridades de haber hecho una correcta interpretación de las medidas sanitarias dictadas a propósito.

Parecería divertido que a partir de este mismo verano, alguien propusiera, como un signo de distinción imprescindible, que la huella inevitable que dejaría la mascarilla sobre el rostro, no sólo como consecuencia de protegernos contra el virus, sino también por el efecto que aquella produciría al quedar también nuestra piel debidamente protegida de los rayos ultravioletas, terminara por convertirse en una moda de la que poder presumir con todas las garantías que tamaño atrevimiento pudiera suscitar.

Mayores atrevimientos se han visto a lo largo del siglo XX. Desde la minifalda de Mary Quant hasta la profusión, últimamente, de tatuajes que en otra época estuvieron sólo  destinados a adornar las curtidas pieles de atrevidos marinos y peligrosos presidiarios.

La que propongo sería la última huella que habrá dejado entre todos nosotros la misteriosa aparición del Covid-19.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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