El valor de vivir

Nunca resultó tan dramáticamente vivir si tenemos en cuenta lo avanzado de una sociedad tan tecnológicamente superior a todas las anteriores conocidas. El valor que se le concede hoy a la vida es la capacidad que habremos de tener para poder respirar sin el temor de vernos sorprendidos por el Covid-19, de lo que se desprende que vivir hoy es mucho más difícil que lo que parece, a pesar de todo lo conseguido hasta ahora en materia sanitaria.

Respirar nos cuesta dinero y en consecuencia hasta la vida. De modo que hasta que no se descubra una eficaz vacuna destinada a acabar con el mortal Covid-19, la pandemia se irá extendiendo con tal infortunio que se habrá cobrado tantas vidas como en cualquier guerra convencional de las que ya hemos padecido y de las que, como siempre, tampoco hayamos aprendido absolutamente nada.

Vivir no significa solamente poder respirar; vivir es algo mucho más complejo aunque no requiere mayores dosis de sacrificio como para preocuparnos, si no fuera por todos aquellos microorganismos que apenas conocemos o de los que los humanos hemos tratado en laboratorios, en ocasiones clandestinos y mortales a propósito.

Por todo ello, la angustia ya empieza a cebarse con todas aquellas personas para las que la vida tiene una dimensión muy distinta a la que se puede llevar a cabo en reclusión o, si se quiere disfrutar de ella en el exterior, habrá de hacerlo provisto de una mascarilla homologada que se habrá de cambiar cada cierto tiempo porque, si no, se corre el riesgo de contagio.

Así no vale la pena vivir. Es como tener nuestra existencia hipotecada de antemano y sin la más mínima esperanza de saldar la cuenta que tienes contraída contigo mismo de tratar de contribuir al crecimiento de la economía del país que te ha visto nacer y por el que no puedes hacer mucho más que seguir los consejos de las autoridades internacionales en materia de sanidad.

Individualmente no hemos sabido hacer frente a un enemigo de tamaño potencial, pero a nivel colectivo, los grandes laboratorios ya se dan prisa persiguiendo fama y dinero a costa de una solución por la que cada uno de todos nosotros tengamos que pagar por un pinchazo en el brazo que nos libre de una muerte segura. Aún así, esperamos su llegada como esa agua de Mayo que, en España, socorre siempre a los agricultores y ganaderos y los libra de la ruina total.

Vivir empieza a ser sólo una suerte.

zoilolobo@gmail.com

Licenciado en Historia del Arte y Bellas Artes

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